La obediencia al Señor

Una condición indispensable para ser bendecido:

 

A mí no me es molesto el escribiros las mismas cosas, y para vosotros es seguro
(Filipenses 3:1).

Así hablaba el apóstol Pablo, con todo su amor, dirigiéndose a los cristianos de Filipos. Hubiera podido cansarse, dejar de enseñarles y exhortarles. Pero los amaba demasiado como para no interesarse por su estado y abandonarlos a su suerte. Trabajaba ardientemente por su felicidad y deseaba que en sus vidas hubiera gozo, al tiempo que en su andar y en su testimonio dieran toda la gloria a Cristo.

Después, conociendo los peligros que los acechaban, les repitió tres veces, como una voz de alarma: “Guardaos…” (Filipenses 3:2).

Esta palabra tiene un sentido muy particular para nosotros. No nos cansemos de escuchar lo que Dios nos repite con tanta insistencia, ya que es para nuestro bien. Si a menudo tenemos que escuchar “las mismas cosas”, que no nos sea molesto, ya que para nosotros “es seguro”.

En todas partes, cualquiera sea el lugar al que vayamos, constatamos la táctica sutil de Satanás. El “príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia”, los poderes espirituales de las tinieblas y de maldad invaden los espíritus y dominan este mundo (Efesios 2:2; 6:12).

Al ser invisibles, estos poderes son muy peligrosos y se infiltran en todas partes. No nos damos cuenta hasta qué punto estamos bajo su influencia y cuántos desastres y dolores acarrean. Debemos sostener una lucha sin tregua contra estos poderes, fortaleciéndonos “en el Señor, y en el poder de su fuerza”, revistiéndonos de toda la armadura de Dios (Efesios 6:10-18).

Satanás, quien conoce muy bien nuestros corazones y sabe explotar nuestros puntos débiles, a menudo emplea medios seductores y agradables para hacernos caer en sus garras. Quizá se valga de compañeros simpáticos o amigos bien intencionados que demuestren su afecto e interés por nosotros. Veamos el caso del apóstol Pedro en Mateo 16:21-23. Cuando Jesús declaró a sus discípulos que le era necesario morir, Pedro le dijo: “Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca”. ¡Qué solicitud, qué impulsos de corazón, pero también qué ceguera y qué ignorancia! Pedro no era un hipócrita; tenía un carácter franco y leal, apegado a su Maestro, a quien quería ahorrarle el sufrimiento. Pero los ojos escrutadores del Señor descubrieron que allí estaba obrando Satanás. La respuesta fue tan pronta como precisa: “¡Quítate de delante de mí…!”.

Jesús, el siervo perfecto, estaba en su camino de obediencia, y no se dejó desviar ni un solo instante. Fue obediente hasta la muerte y, por su sumisión a la voluntad de Dios, adquirió para nosotros bendiciones eternas.

En todos los tiempos la actividad satánica ha tenido como propósito arrastrar al hombre a la desobediencia y, mediante ella, arruinar su testimonio e incluso llevarle a la perdición. Para constatarlo solo tenemos que leer la Biblia. Lo logró con Adán, y lo intentó con el Señor Jesús, pero la obediencia de Jesús venció a Satanás.

El espíritu que actualmente prevalece en el mundo es la independencia. La familia, la escuela, las empresas y el mundo en su conjunto están sufriendo las consecuencias. Además, es necesario prestar atención a esto: el resultado evidente, y que se afirma cada vez más, no es la anhelada libertad a la que los hombres aspiran, sino una verdadera esclavitud, un encadenamiento en el cual los individuos y los pueblos se debaten tratando de liberarse. ¿Por qué? Porque el diablo los tiene fuertemente cautivos en sus redes, y porque el mundo ha rechazado a Cristo, su libertador. Bajo este dominio, consecuencia terrible de la desobediencia del hombre a la Palabra de Dios, este mundo va a zozobrar.

La felicidad del hombre depende de la obediencia a Dios. Al desobedecer, Adán perdió su gozo, y después de él, ¡tantas otras personas! Al desobedecer la ley, Israel perdió la bendición.

Hoy, en el tiempo de la gracia, Dios ofrece gratuitamente la salvación al hombre, y lo único que le pide es obedecerle por la fe, la fe en el Hijo de Dios, quien nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros. “Dios… ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan” (Hechos 17:30). “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (Juan 3:36).

Queridos jóvenes, Dios les pide que obedezcan a sus padres, a lo cual añade una promesa (Efesios 6:1-3; Colosenses 3:20). La Palabra de Dios nunca cambia, y jamás los engañará.

El verdadero discípulo de Cristo se caracteriza por obedecer a su Maestro. El corazón que ama realmente al Señor se manifiesta al obedecerle y, en consecuencia, recibirá ricas bendiciones (Juan 14:15, 23-24).

M. G.

Este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos
(1 Juan 5:3).

Guarda tu corazón; porque de él mana la vida
(Proverbios 4:23).

 

“Guarda tu corazón”: que lo guarde para Cristo, para Aquel que murió por usted y resucitó. Pronto lo verá y en ese día, todo saldrá a la luz. ¿Se revelará entonces que su corazón estaba verdaderamente para Él?