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Una sola ofrenda, varios sacrificios

Levítico 1 a 7

Nos proponemos considerar la muerte del Señor Jesús, “la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre” (Hebreos 10:10). Será el tema central de la adoración de los redimidos en la eternidad, pero, aunque no podamos sondearlo aquí abajo, es la voluntad del Señor que nuestros corazones se ocupen en él.

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El holocausto

Como ya lo hemos visto, el holocausto, el sacrificio que es enteramente quemado sobre el altar, viene en primer lugar. En efecto, era importante poner en evidencia primero la perfección de la víctima, perfección que sólo puede ser plenamente apreciada por Dios. El mismo Señor Jesús lo dijo: “Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida” (Juan 10:17).

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El holocausto

El holocausto nos presenta una figura de Cristo cuando “se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios” (Hebreos 9:14); por eso el Espíritu Santo le asigna el primer lugar entre los sacrificios. Si el Señor Jesús se ofreció para cumplir la gloriosa obra de la expiación, fue porque el supremo objeto que perseguía en esta obra era glorificar a Dios:

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La fiesta de los tabernáculos

Como la fiesta de los panes sin levadura, la de los Tabernáculos duraba siete días.

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La gavilla por primicia

La Pascua y la fiesta de los panes sin levadura podían ser celebradas en el desierto, pero para traer al Señor la gavilla por primicia era menester haber entrado en la tierra que él les daba. La Pascua era sacrificada por la tarde, a la puesta del sol, y comida en la noche. En la mañana todo estaba terminado (Deuteronomio 16:6-7).

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Cada Día las Escrituras

Levítico: Capítulo 1

El holocausto Levítico es un libro cerrado para quien no posee la “llave” divina del mismo. Esta llave es Cristo, a quien hallamos allí en todos los aspectos de su sacrificio y de su sacerdocio. El creyente posee un solo sacrificio, ofrendado “una vez para siempre”, plenamente suficiente (Hebreos 10:10).

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