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“Toda la Escritura es inspirada por Dios”
Tengamos la certeza de que es así, desde el primero hasta el último versículo. Hemos leído algunos versículos del capítulo 10 del evangelio según Juan y podemos estar seguros de que ninguna otra parte de la Escritura contradice estas dulces palabras salidas de la boca de nuestro Señor Jesús.
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Tomarse tiempo para orar
Orar, y hacerlo regularmente, es algo difícil, tenemos que reconocerlo. “¿No habéis podido velar conmigo una hora?” (Mateo 26:40). Cuanto más pesada se nos haga la oración, más negligentes somos en cuanto a ella. El resultado es una decadencia de nuestra vida espiritual.
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Una oveja no tiene ninguna mano
Entonces, ¿cómo puede asegurarse? Le es imposible hacerlo, pero el pastor la asegura, la agarra por las cuatro patas, la pone sobre sus hombros y la lleva a su casa. Estamos en las manos del Hijo y en las manos del Padre. Quiere decir que tenemos una doble garantía del amor divino, como nos lo dice el Señor Jesucristo: “Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás”.
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Una paz inmutable
Unas palabras más para explicar el último punto. Los hombres hablan de los problemas por los cuales pasa su paz. Mi deseo es grabar en su mente esta verdad de la Escritura: “Él es nuestra paz” (Efesios 2:14). Es muy frecuente que, cuando alguien tiene deseos de obtener la paz, la busque en su propio corazón. Es un error:
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Una vida nueva
La fe en el Señor Jesús, “el cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación” (Romanos 4:25), nos asegura no solamente que estamos al abrigo del juicio, que no pereceremos, sino también que desde ahora tenemos la vida eterna.
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Vencer las dudas y las incertidumbres
La fe en Dios es primordial en las oraciones (Hebreos 11:6). ¿Entonces qué hacer en caso de duda? Una distinción se impone: existen dos tipos de duda. Una aleja de Dios, la otra conduce hacia él. El primer tipo es la duda por incredulidad, que rehúsa creer, ver su propia necesidad e ir hacia Jesús (Juan 5:40). Es un pecado que debe ser confesado y abandonado.
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Venid a mí, confiad en mí
Muchos de mis lectores seguramente han oído ya la voz del Buen Pastor y desean seguirle. Mirando hacia atrás, recuerdan el tiempo en que no les importaban estas cosas, ni las comprendían, ni deseaban comprenderlas, pero más tarde la gracia de nuestro Señor Jesucristo conquistó sus corazones y un día oyeron su voz que les decía: Venid a mí, confiad en mí.
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“Yo les doy vida eterna, y no perecerán jamás”
¿No es esto suficiente para reanimarles? Quizás algunos abriguen el temor de que un día carezcan de esta bendición. ¿Oyeron la voz del Señor Jesús y procuran seguirle? Escuchen, pues: “Yo les doy vida eterna, y no perecerán jamás”. ¿No basta esto para dar ánimo a sus almas?
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