2 Pedro
2 Pedro

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

Pedir en la tienda

Capítulo 1

Virtudes cristianas

Pedro empieza esta segunda epístola recordando a los creyentes lo que han alcanzado “una fe” muy preciosa (v. 1), “todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad” (v. 3), “preciosas y grandísimas promesas” (v. 4). Nuestra fe, que se apodera de lo que Dios da, no debe permanecer inactiva. Es necesario que esté acompañada por la energía, llamada la virtud, a fin de llegar al conocimiento (vocablo característico de esta epístola). Al mismo tiempo, para guardar la plena disposición de nuestras fuerzas, es indispensable la templanza (o el dominio propio); luego la paciencia que sabe perseverar en el esfuerzo. En este “clima moral” se desarrollarán nuestras relaciones:

1° con el Señor: la piedad;

2° con nuestros hermanos: el afecto fraternal;

3° con todos: el amor.

Estos siete complementos de la fe forman un todo, como los eslabones de una cadena. Cuando faltan, eso acarrea consecuencias dramáticas en la vida de un creyente: ocio, esterilidad y miopía espiritual. No ve lejos; su fe no alcanza a distinguir en el horizonte la ciudad celestial, meta del peregrinaje cristiano (comp. Hebreos 11:13-16). Ya las puertas eternas se han alzado para Cristo, “el Rey de gloria” (Salmo 24:7, 9). ¡Que él mismo nos conceda, al seguirle, una amplia y generosa entrada en su reino eterno!

La palabra profética

Las verdades desarrolladas en la primera epístola recuerdan las revelaciones del capítulo 16 de Mateo, es decir, los padecimientos de Cristo, la edificación de la Iglesia, casa espiritual construida sobre la Roca.

Esta segunda carta se apoya en el capítulo 17 del mismo evangelio anunciando las glorias que siguen. Cuando la transfiguración tuvo lugar, Pedro, Juan y Jacobo contemplaron a Jesús en “la magnífica gloria”. Pero recibieron la orden de no hablar de ello a nadie antes de Su resurrección. Ahora el tiempo de esta revelación había llegado. Pedro, quien entonces estaba rendido de sueño (Lucas 9:32), despierta a los creyentes a quienes escribe mediante el recuerdo de esa escena (v. 13; cap. 3:1). Él, quien inconsideradamente había propuesto hacer tres enramadas (o tiendas), ahora se dispone a abandonar el cuerpo (o tienda terrenal) para gozar, esta vez para siempre, de la presencia de Cristo (v. 14). El Señor le había mostrado cuándo y por medio de qué muerte había de glorificar a Dios (v. 14; Juan 21:18, 19). Pronto, nosotros también seremos testigos oculares de su majestad.

A lo largo de las Escrituras, la lámpara profética dirige su haz de luz sobre la gloria próxima. Pero el hijo de Dios posee una luz más brillante aún. El objeto de su esperanza vive en él: Cristo es el lucero de la mañana que ya sale en su corazón (v. 19; Colosenses 1:27 final).