2 Pedro
2 Pedro

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 2

Cuidado con los falsos maestros

Las herejías destructoras (o sectas de perdición) actualmente son florecientes. Su aparición es anunciada de antemano para que no nos extrañemos ni nos desalentemos (v. 1). Ellas comercian con las almas (v. 3; Apocalipsis 18:13 final).

En el primer capítulo, la perspectiva de la gloria próxima es afirmada por un triple testimonio: la visión anticipada sobre el monte santo, la profecía y el espléndido Lucero nacido en nuestros corazones. Asimismo, la certeza del juicio que caerá sobre este mundo es testificada por tres ejemplos: el destino de los ángeles que pecaron (Judas 6), el diluvio (Mateo 24:36…) y el castigo de Sodoma y Gomorra (Judas 7). Pero, en medio de una generación impía, el Señor distingue y libera al que le teme (v. 9). Pese a su mundanalidad, Lot era un justo. El paréntesis del versículo 8 muestra que Dios registra cada suspiro de los suyos. Sin embargo, Lot se habría ahorrado todos esos tormentos si hubiera sabido apreciar, como Abraham, el país de la promesa. Una posición falsa y equívoca ante los hombres siempre es una fuente de miseria para el hijo de Dios. Lot es la imagen de un creyente salvo, “aunque así como por fuego” (1 Corintios 3:15). No le será otorgada “amplia y generosa entrada en el reino eterno” (cap. 1:11). ¡Que el Señor nos guarde de parecernos a él!

Volver a revolcarse en el cieno

Para derrumbar la verdad, tal como está establecida en el capítulo 1, Satanás emplea dos medios, y siempre los mismos: se ensaña para corromperla, como en el capítulo 2, o para negarla abiertamente, como lo veremos en el capítulo 3. Sus instrumentos para extraviar a las almas son presentados aquí bajo su verdadero aspecto. Cuán abominable y espantoso es el retrato de esos conductores religiosos en quienes el mal moral va a la par del mal doctrinal (v. 12-17; Mateo 7:15). Estos hombres prometen la libertad a los demás y ellos mismos son esclavos de sus pasiones (v. 19). Porque, palabras serias también para el creyente, “el que es vencido por alguno es hecho esclavo del que lo venció”. Amigo lector, ¿es usted libre, ha sido liberado por el Señor? (Juan 8:34-36; Isaías 49:24-25). ¿O aún se encuentra atado por una inconfesable cadena? Este mundo es cautivador en el sentido literal de la palabra. Como el lodo de un pantano (v. 22 final), retiene cautivo el pie del imprudente que se aventura en él, al mismo tiempo que contamina el alma (el v. 20 menciona “las contaminaciones del mundo”).

El final del capítulo denuncia la ilusión de aquellos a quienes un cristianismo simplemente social o intelectual ha podido hacer salir momentáneamente del hábito del pecado. Una reforma moral no es una conversión.