Capítulo 1
Acciones de gracias y oraciones de Pablo
Esta carta se dirige a una iglesia que Pablo nunca había visitado (cap. 2:1). Colosas parece haber recibido el Evangelio por medio de Epafras, siervo de Dios al que aquí (v. 7-8) y en el capítulo 4:12-13 se da un notable testimonio. Según su costumbre, el apóstol destaca primeramente todo lo bueno que se distingue en los creyentes a quienes escribe. Inspirémonos en su ejemplo. La fe, la esperanza y el amor eran el triple y completo fruto producido por el Evangelio en Colosas (v. 4-5). Pero lo que alimenta a la fe, sostiene a la esperanza y renueva el amor es el conocimiento de Dios (v. 10). Por eso en su oración el apóstol pidió que los colosenses fuesen llenos de ese conocimiento. Era menester que su andar –y el nuestro– obedeciera a un doble motivo: frente a los demás, mostrarnos dignos de Aquel a quien confesamos pertenecer; y sobre todo frente al Señor, si le amamos, buscar agradarle en todo. Veamos finalmente en el versículo 11 para qué se requiere toda la fortaleza del Señor. No para tal o cual combate espectacular, ni aun para anunciar el Evangelio, sino simplemente para tener la paciencia y la longanimidad… con gozo. Son victorias que tenemos la oportunidad de lograr todos los días.
Cristo, primogénito de toda creación y de entre los muertos
El verdadero cristianismo no es una religión o un conjunto de verdades a las que se adhiere, sino el conocimiento experimental de Alguien. El cristianismo es Cristo conocido y vivido. Hemos sido puestos en relación con una persona incomparable: el amado Hijo del Padre. Dios el Padre nos hizo aptos para participar de la herencia en luz, nos dio un lugar en el reino, la redención o perdón de pecados, la paz que Cristo hizo mediante su propia sangre (v. 20). Pero lo que determina la grandeza de semejante obra es la grandeza de Aquel que la efectuó. Y el apóstol enumera las glorias más importantes de ese Amado: lo que es, lo que llegó a ser y lo que ha hecho de nosotros. Afirma su doble primacía: sobre el universo creado y sobre la Iglesia, e igualmente su doble título de Primogénito de toda la creación, es decir, de heredero universal, y de Primogénito de entre los muertos. Por medio de él, la vida salió de la nada como creación y de la tumba como redención. Él es el Creador de todas las cosas en los cielos y en la tierra (v. 16). Él es el Reconciliador de todas las cosas en la tierra y en los cielos (v. 20). Finalmente, él es el Dominador, quien debe tener la preeminencia en todas las cosas: en los cielos, en la tierra y en nuestro corazón (v. 18).
Revelación del misterio divino de la Iglesia
Pablo, ministro del Evangelio (v. 23 final), lo era también de la Iglesia (v. 25). A costa de muchos sufrimientos, trabajaba y combatía por ella (v. 28-29). Anunciaba los divinos misterios, escondidos “de los sabios y de los entendidos” pero revelados incluso al más joven creyente (v. 26; cap. 2:2 final; comp. Efesios 3).
En esta ocasión, notemos las numerosas semejanzas entre la epístola remitida a los colosenses y la escrita a los efesios. Pero, mientras que esta última muestra al creyente sentado en los lugares celestiales en Cristo (Efesios 2:6), la epístola a los Colosenses lo considera en la tierra, teniendo a Cristo en él: la esperanza de gloria (v. 27). ¡Maravilloso pensamiento! Él, en quien
agradó al Padre que habitase toda plenitud,
habita ahora en el corazón de los suyos. Comprendemos que antes de mencionar las “palabras persuasivas” (v. 4) y los ensueños del espíritu humano, el apóstol empiece por presentar las excelentes realidades cristianas como para hacer notar el contraste. Sí, en Cristo tenemos verdaderamente “todas las riquezas de pleno entendimiento” y “todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento” (v. 2-3). ¿Qué podríamos buscar fuera de él?
