Capítulo 3
Vestíos del nuevo hombre
Los tristes harapos del viejo hombre son señalados en los versículos 8 y 9: ira, malicia, blasfemia… Tengamos vergüenza de presentarnos así. En cambio, vistámonos el luminoso vestido del nuevo hombre, cuyo perfecto modelo es Cristo (v. 10). Estos son sus adornos: misericordia, humildad, mansedumbre, paciencia, perdón… Sobre todo recubrámonos de amor, que es la naturaleza misma de ese nuevo hombre. Ese amor nos dará a conocer como discípulos de Jesús (Juan 13:35).
Nuestro estado interior no es menos esencial. En nosotros deben morar: Cristo, quien lo es todo (v. 11, al final), su paz (v. 15) y su Palabra (v. 16). El solo hecho de tener la Biblia en casa o sobre la mesilla de noche no nos hará el menor bien. El alimento más completo no hace su efecto mientras permanezca en el plato. Es menester que la Palabra more en nosotros abundantemente (Romanos 10:8). Otro medio en el que pensamos poco para ser enseñados y edificados es el de los “cánticos espirituales” que cantamos a Dios en nuestros corazones (Salmo 119:54). No privemos de esta alabanza a Dios, ni nos privemos nosotros de esta edificación. Finalmente, una doble pregunta nos servirá para probar la calidad de cada una de nuestras palabras o acciones: ¿Puedo decir o hacer esto en el nombre del Señor Jesús? ¿Puedo dar gracias a Dios Padre por esto?
Vida diaria del cristiano en la familia y la sociedad
Los versículos 10-11 del capítulo 3, así como el pasaje de Gálatas 3:27-28, anulan toda diferencia entre los seres humanos para mantener solo la distinción fundamental entre el viejo y el nuevo hombre. Pero aquí el creyente, en quien coexisten estas dos naturalezas, es considerado en su relación con los demás y con el Señor. A diferencia del resto de la epístola, cuyo punto central es Cristo (nuestra vida), aquí él es llamado “el Señor”, para subrayar sus derechos y autoridad. Padres, hijos, mujeres, maridos, empleados o amos, cada uno en su lugar y desde su condición, sirve a “Cristo el Señor”. Y frente a “los de afuera”, ¿cuál debe ser nuestra actitud? Primero, un sabio andar que ilustre la verdad. Luego, un lenguaje lleno de gracia y de firmeza, adaptado a las oportunidades y al estado de cada cual. Por último, las oraciones (v. 3). Pablo las solicitaba incluso para sí mismo. Notemos que no era la puerta de la cárcel la que él quería que se abriese, sino la del Evangelio.
Los versículos mencionados arriba coinciden con la porción comprendida entre el capítulo 5:22 y el capítulo 6:9 de la epístola a los Efesios. En estos dos pasajes es muy hermoso ver de qué manera la divina doctrina entra en todos los detalles de la vida y esparce el perfume de su perfección sobre todos los deberes y todas las relaciones.
