Capítulo 2
Advertencia para no dejarse desviar
Ocuparse en las glorias del Señor Jesús es el medio para ser
arraigados y sobreedificados en él (v. 7).
Las raíces de un árbol le aseguran alimento y estabilidad a la vez (Proverbios 12:3). Si el cristiano no está fundado y firme en la fe (cap. 1:23), corre el riesgo de ser removido o aun llevado “de todo viento de doctrina” (Efesios 4:14; comp. Mateo 13:21). Precisamente, en Colosas soplaban vientos peligrosos: la filosofía, la tradición (v. 8), el culto a los ángeles (v. 18), los mandamientos religiosos (v. 21), en una palabra, todo lo que el versículo 8 llama huecas sutilezas. Con no menos imaginación, actualmente se inventan doctrinas y teorías. Temamos prestar oídos a toda enseñanza que se aparte de la Palabra de Dios. El enemigo de nuestras almas, mediante los agentes que emplea, quiere seducirnos (v. 4), engañarnos (o despojarnos), hacernos su presa (v. 8) y privarnos del premio del combate (v. 18). Mas la gran batalla ha sido librada y la victoria ha sido lograda por Otro. La cruz, donde por un momento Satanás creyó triunfar, señaló su derrota total y pública (v. 15). Él mismo fue despojado de su armadura y de sus bienes (leer Lucas 11:21-22). No toleremos que nos despojen o, más bien, que despojen al Señor Jesús de aquello que le pertenece.
Muertos y resucitados con Cristo
Lo que debemos hacer o dejar de hacer procede de lo que somos. Nuestra doble posición acaba de ser señalada en los versículos 12 y 13.
1) Hemos muerto con Cristo (v. 20), así que hemos muerto en cuanto a los rudimentos del mundo. No podemos tomar más, como regla de vida, los principios que rigen a este mundo con sus pretensiones morales o religiosas, y su medida del bien y del mal, frecuentemente equivocada.
2) Hemos “resucitado con Cristo” (cap. 3:1). Como ciudadanos de los cielos, pensemos en las cosas de arriba y apliquemos los principios de lo alto a nuestras circunstancias más comunes.
Sí, “habéis muerto”, confirma el versículo 3, y la imperecedera vida –que es la nuestra ahora– “está escondida con Cristo en Dios”. “Por esto el mundo no nos conoce” –es decir, no puede comprendernos– “porque no le conoció a él” (1 Juan 3:1). Pero cuando Cristo sea manifestado, entonces todos sabrán cuál era nuestro secreto.
Aunque nuestra vida está en el cielo, en la tierra nos quedan peligrosos “miembros” morales, dicho de otro modo: nuestras codicias. Apliquemos la muerte a todas esas culpables manifestaciones del viejo hombre. A causa de ellas, “la ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia”. También a causa de ellas, esa ira cayó sobre nuestro perfecto Sustituto.
