Capítulo 1
Angustia del profeta sobre Jerusalén destruida
Las lamentaciones de Jeremías expresan el dolor del profeta ante los acontecimientos contados en el último capítulo de su libro, es decir, la toma y destrucción de Jerusalén por el ejército de Nabucodonosor. Pero, como en toda profecía, el alcance de esta supera las circunstancias que la motivaron y el Espíritu nos conduce en estos capítulos hasta el tiempo venidero de la “gran tribulación” por la cual Israel deberá pasar.
Es conmovedor ver a Jeremías, aunque no era personalmente culpable, asumir una parte apreciable de la humillación de Jerusalén e identificarse con el pueblo que está bajo el juicio de Dios. Ahora, han llegado los infortunios que él no había dejado de anunciar y en los cuales el pueblo no había querido creer. Algún otro no habría dejado de decir: «¡Yo les advertí! ¡Ojalá me hubiesen escuchado!». El siervo de Dios no intenta triunfar de esta manera. ¡Al contrario! Jerusalén, la que en el día de su aflicción no halla a nadie que la ayude (v. 7; Isaías 51:18-19), a nadie que la consuele (v. 2, 9, 17, 21), tendrá en Jeremías (figura de Cristo) el más fiel de los amigos y el más ferviente de los intercesores (véase Proverbios 17:17).
¿Somos indiferentes al sufrimiento de los demás?
“¿No os conmueve a cuantos pasáis por el camino?” exclama Jerusalén en medio de su calamidad (v. 12). ¡Cuántas veces pasamos insensibles al lado del sufrimiento de otros! (v. 21). ¡Cuán a menudo perdemos valiosas ocasiones para expresar un poco de simpatía! Pidamos al Señor que nos dé corazones más sensibles, capaces de comprender mejor las penas de los que nos rodean y de proporcionarles de parte de Dios un verdadero consuelo.
¿Cómo no pensar en la cruz en presencia de este dolor sin igual infligido por la ira de Dios? (v. 12). Pero Cristo “ningún mal hizo”, mientras que, por boca de Jeremías, Jerusalén reconoce, como el malhechor, haber merecido plenamente lo que le acontece (v. 18; Lucas 23:41). También nos parece ver la multitud de “los que pasaban” delante del Salvador crucificado (Mateo 27:39). Había entre los que pasaban –y los hay aún hoy en presencia de la cruz– gente hostil, burladores, pero ante todo indiferentes. A ellos se dirige esta pregunta. Querido amigo, Jesús padeció esos sufrimientos para salvarle. ¿Podría usted permanecer insensible ante ellos? ¿No tendrán valor para usted?
