Capítulo 2
El Señor debe castigar a Jerusalén
En el capítulo 1 los enemigos de Jerusalén eran considerados como responsables de los infortunios de esa ciudad. A partir de ahora, todo lo ocurrido es visto como la obra del Señor y solo de él. Sepamos también nosotros reconocer a Aquel que nos disciplina… a veces para castigarnos, pero siempre para bendecirnos al final. Y en lugar de detenernos a considerar los medios de los cuales Dios se sirve para ese fin (preocupaciones por la salud y el dinero, contrariedades que sobrevienen en nuestro trabajo…), en lugar de procurar solo sentirnos aliviados lo antes posible, humillémonos bajo la poderosa mano de Dios y echemos toda nuestra ansiedad sobre él, porque tiene cuidado de nosotros (1 Pedro 5:6-7).
Jerusalén hace el completo inventario de su desastre. Su rey, sus sacerdotes, sus profetas son hechos cautivos o masacrados, sus fiestas solemnes son abolidas y sus muros arruinados. Nada se salvó, ni aun las cosas más santas: el altar y el santuario fueron contaminados (cap. 1:10), devastados, y los objetos valiosos llevados a Babilonia. Sí, ¡hasta el arca misma, “estrado de sus pies” (v. 1; Salmo 132:7) juntamente con la ley que estaba contenida en ella! (v. 9; 1 Reyes 8:9). Desaparece para siempre, esto prueba que Dios rompía todas las relaciones con su pueblo culpable.
Todo esto podría haberse evitado si...
La desolación del profeta es inmensa ante el cuadro que describen los versículos precedentes. Sus lágrimas corren, inagotables, en presencia de esa ruina “grande como el mar” (v. 13).
También Jesús lloró sobre Jerusalén, sabiendo de antemano cuáles iban a ser, para la ciudad culpable, las consecuencias de su rechazo (Lucas 19:41 y sig.)
Si bien el rey, los príncipes, los sacerdotes, los profetas mentirosos (v. 14) y la mayoría del pueblo merecían los golpes que recibieron, numerosos son los que sufren sin ser directamente responsables. Criaturitas mueren de hambre; ancianos y niños caen de inanición en las calles (v. 11, 19, 21). Sin embargo, Jeremías no formula ningún por qué. Se pone él mismo «en la brecha» a favor de ese pueblo al que ama.
Los versículos 15 y 16 nos presentan de nuevo a “los que pasaban por el camino”. Pero ya no se trata solo de indiferencia, como en el capítulo 1:12. Esta vez son las cabezas que se menean despectivamente, el crujir de dientes, las miradas desvergonzadas, los insultos y el desprecio.
Jesús, la santa Víctima, conoció durante las horas de la cruz todas esas manifestaciones de la maldad de los hombres
(véase Salmos 22:7-8; 35:21).
