Capítulo 1
Festividades suntuosas en el palacio de Susa
La historia de Ester constituye un relato muy distinto que se coloca cronológicamente entre los capítulos 6 y 7 del libro de Esdras. Pone en escena, por una parte, a los judíos que habían quedado en el imperio persa después del primer retorno a Jerusalén, y, por otra, al soberano de ese imperio: el poderoso Asuero con los que le rodean. En la historia se conoce a ese rey bajo el nombre de Jerjes, hijo de Darío. Es célebre por su campaña contra los griegos, marcada por la resonante derrota de su flota en Salamina. Daniel 11:2 alude a ese monarca y a sus riquezas.
La fastuosa recepción que le vemos dar aquí se sitúa antes de esa guerra, probablemente con vistas a prepararla. Todo en este capítulo es para gloria del hombre, cuyo orgullo no tiene límites. Sin alcanzar ese lujo y esa amplitud, en nuestra época no faltan fiestas y manifestaciones grandiosas en las cuales una persona (o una nación) procura deslumbrar y eclipsar a sus vecinos. Un fiel hijo de Dios no se asocia a esas cosas. ¿Por qué? Justamente porque el poder, la inteligencia y la tolerancia (Ester 1:8) del hombre se ven exaltadas en ellas.
Vasti cae en desgracia
El rechazo de Vasti, quien había sido invitada a mostrar su belleza, excita el furor del rey, su esposo. Asuero es un hombre violento. Mas la cólera de ningún modo es señal de fuerza y autoridad. En general denota lo inverso: la debilidad de carácter y la incapacidad de dominarse. Por experiencia sabemos cuán difícil es controlar nuestras reacciones cuando se presentan y a veces se acumulan las contrariedades. Pidámosle al Señor la fuerza para dominarnos.
Aquí la reina Vasti es la imagen de la cristiandad responsable, sacada de en medio de las naciones. Cristo aguardaba de su Iglesia que mostrara su hermosura al mundo, realzando así Su propia gloria. ¡Ay! ¿cómo contestó ella a ese deseo? ¡Mediante un total desprecio de la voluntad de su Señor! Por eso viene el día en que ella oirá estas terribles palabras: “Te vomitaré de mi boca” (Apocalipsis 3:16). Cristianos, si en su conjunto la Iglesia perdió de vista el testimonio que debía dar, en lo que nos concierne nunca nos olvidemos de este. Dios aguarda de cada uno de sus hijos que presente al mundo algo de la belleza moral de Jesús.
