Ester
Ester

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 9

Liberación y alegría

El día 13 del mes de Adar, el que debía marcar para siempre la masacre y la desaparición de Israel, llegó a ser, al contrario, el de su triunfo y el del aniquilamiento de sus enemigos. Estos últimos hicieron la trágica experiencia de ello: no se ataca impunemente al pueblo de Dios. El que lo toca,

Toca a la niña de su ojo
(Zacarías 2:8; véase Salmo 105:12-15).

¿Seremos en menor grado los objetos de su ternura, nosotros, quienes formamos parte del pueblo celestial, de la Esposa de Cristo? Israel en el cautiverio tiene, por cierto, los caracteres de una nación “tirada y despojada… un pueblo terrible… una nación medida y hollada” (Isaías 18:2, V. M.). Dios, para quien ese pueblo es maravilloso porque de él nació el Salvador del mundo, pondrá en actividad sus poderosos medios para liberar a esa nación a la que el mundo hollaba.

¡Cuán rico es este libro de Ester, del cual habríamos podido pensar, al abordarlo, que contenía poca edificación! En figura, ¡qué lugar le da a Jesús humillado y exaltado! ¡Qué horizonte descubre acerca del porvenir de Israel, su descanso y su alegría (Ester 9:17), ese gozo del reino que lo espera al fin de todos sus sufrimientos!

El Señor reinará, trayendo paz y bendición

Así de año en año deberá conmemorarse, por esa fiesta de Purim, la gran liberación de la cual fue objeto el pueblo.

La cristiandad, con sentimientos lamentablemente muy mezclados, celebra cada año el nacimiento y la muerte del Salvador. Por cierto, alegrémonos de que, de esa manera, muchos son llevados a pensar por lo menos una vez o dos por año en esos maravillosos acontecimientos. Y cada fin de año es también para nosotros una ocasión para bendecir a Dios por todas las gracias otorgadas. Pero es de desear que, no una vez por año sino cada primer día de la semana y, en verdad, cada día de nuestra vida, podamos acordarnos de nuestra gloriosa redención y de nuestro glorioso Redentor.

Este se nos presenta todavía una vez más en el capítulo 10 bajo los rasgos de Mardoqueo: “Grande… estimado por la multitud de sus hermanos… procuró el bienestar… y habló paz…” (v. 3). En todo esto contemplamos a Jesús, quien, como siervo (Isaías 52:13), obró sabiamente y, por consiguiente, debe ser engrandecido y exaltado, y puesto muy en alto (véase también Salmo 45:6-8; Filipenses 2:9-11). Pero, Él es igualmente digno de ocupar el primer lugar en nuestros pensamientos y afectos (Colosenses 1, fin del v. 18). ¡Cada uno de nosotros debe darle ese lugar desde ahora!