Capítulo 1
El cristiano no está libre de las dificultades
Santiago se dirige a sus hermanos cristianos que han salido del judaísmo, cuyas ataduras todavía no han abandonado totalmente. Los invita a considerar la prueba con sumo gozo: dos estados que a primera vista parecen no concordar. Sin embargo, entre los cristianos hebreos algunos lo habían experimentado (Hebreos 10:34). Esta experiencia concuerda con la declaración de Pablo: “Nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce (cultiva) paciencia” (Romanos 5:3; comp. Colosenses 1:11).
Otra aparente contradicción: en tanto que la paciencia implica aguardar lo que todavía no se posee, Santiago agrega: “Sin que os falte cosa alguna”. Lo que verdaderamente puede hacernos falta no son los bienes terrenales, sino la sabiduría. Entonces pidámosla al Señor, siguiendo el ejemplo del joven Salomón (véase 1 Reyes 3:9).
Aunque sea pobre, a un creyente no le falta nada, ya que tiene a Jesús. El que sea rico también puede gozar, con humildad, de la comunión con el que “se despojó a sí mismo” y se humilló haciéndose obediente hasta la muerte de cruz. ¿Envidiaríamos a los que pasan “como la flor de la hierba”? Tengamos a la vista “la corona de vida”. Ella recompensará a los que hayan soportado la prueba con paciencia; dicho de otro modo, a los que aman al Señor (v. 12).
Ser tentado por el mal
En los versículos 2 y 12 las palabras “prueba” y “tentación” significan la prueba que viene de afuera. Dios nos la da para nuestro bien y finalmente para nuestro gozo. En el versículo 13, ser tentado tiene un sentido diferente: supone el mal. Esta tentación viene de dentro, de nuestro interior y es debida a nuestras propias concupiscencias. ¿Cómo podría ser Dios la causa de esto? Nada tenebroso puede descender del “Padre de las luces”; “Dios es luz”, nos dice el apóstol Juan en su primera epístola (cap. 1:5). El que nos ha enviado a su propio Hijo nos da con él “todo don perfecto” (véase Romanos 8:32). La fuente del mal está en nosotros: los malos pensamientos, cuyas consecuencias son malas palabras y malos hechos. Pero no basta ser consciente de ello. Corremos el riesgo de parecernos a alguien que comprueba que está sucio al mirarse en un espejo, pero no se lava. La Palabra de Dios es este espejo. Ella muestra al hombre lo que es; le enseña a hacer el bien (cap. 4:17); ella no lo puede hacer en su lugar.
¿En qué consiste “la religión pura y sin mácula” reconocida por Dios el Padre? No en vanas ceremonias religiosas. Aquel servicio emana de la doble posición en la que el Señor dejó a los suyos: en el mundo, para manifestar la abnegación y el amor; pero no del mundo, para guardarse sin mancha de este (v. 27; Juan 17:11, 14, 16).
