Santiago
Santiago

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

Pedir en la tienda

Capítulo 4

Exhortaciones para un corazón dividido

Cualquier disputa entre hijos de Dios revela, sin lugar a dudas, que la voluntad de cada uno no ha sido quebrantada. Además el Señor nos enseña que esto es un obstáculo para que nuestras oraciones sean oídas (Marcos 11:25). Pueden ser dos las razones por las que no recibimos una contestación. La primera es que no pedimos, pues, “todo aquel que pide, recibe” (Mateo 7:8). La segunda es que pedimos mal. Aquí no se refiere a la forma torpe de nuestros ruegos (de todos modos, “qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos” – Romanos 8:26), sino de la finalidad. ¿Oramos para la gloria del Señor o para satisfacer nuestra codicia? Estos dos principios no pueden conciliarse.

Amar al mundo es traicionar la causa de Dios, porque el mundo le declaró la guerra al crucificar a su Hijo; la neutralidad no es posible (Mateo 12:30).

La envidia y la codicia son los dos imanes con los que el mundo nos atrae. Pero Dios da infinitamente más de lo que el mundo puede ofrecer: una gracia más grande (v. 6; Mateo 13:12). De ella goza quien ha aprendido del Salvador a ser “manso y humilde de corazón” (Mateo 11:29). Pero, para experimentar las virtudes de la gracia, es necesario primeramente haber sentido sus propias miserias (v. 8-9; comp. Joel 2:12-13).

Hacer planes y adquirir riquezas

Los que hacen proyectos (v. 13 a 15; Isaías 56:12 final) y los que acumulan bienes terrenales (cap. 5:1-6) a menudo son las mismas personas (Lucas 12:18-19). Unas y otras son ajenas a la vida de la fe. Disponer del porvenir es sustituir la voluntad de Dios por la nuestra. Es incluso algo propio de la incredulidad, pues con esto se muestra que no se cree en la próxima venida del Señor.

En cuanto a las riquezas, es muy atractivo acumularlas “para los días postreros”. No obstante, los riesgos que amenazan las fortunas (quiebras, robos, devaluaciones…) se encargan de demostrar que son riquezas podridas, oro y plata enmohecidos (v. 2-3; Salmo 52:7). Por eso el Señor recomienda:

Haceos bolsas que no se envejezcan, tesoro en los cielos que no se agote, donde ladrón no llega, ni polilla destruye
(Lucas 12:33).

La abundancia de bienes materiales contribuye a endurecer el corazón para con Dios, pues fácilmente se pierde el sentimiento de que se depende de él y de cuáles son las verdaderas necesidades del alma (Apocalipsis 3:17). También lo endurece para con el prójimo, porque es más difícil ponerse en el lugar de aquellos a quienes les falta lo necesario (Proverbios 18:23).