Capítulo 2
Ningún favoritismo
Estamos más influenciados de lo que pensamos por la falsa escala de valores que el mundo emplea, tal como la fortuna, el rango social… Aun el profeta Samuel necesitaba aprenderlo:
El hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón
(1 Samuel 16:7).
¿Sabe hasta dónde la “acepción de personas” llevó al mundo? Hasta menospreciar y desechar al Hijo de Dios porque había venido como un hombre pobre a la tierra (2 Corintios 8:9). Aún hoy, el hermoso nombre de Cristo, asociado a los cristianos, es objeto de burlas y blasfemias. Sin embargo, los que lo llevan, esos pobres a quienes el mundo desprecia, son designados por el Señor como los “herederos del reino” (v. 5; Mateo 5:3). A ellos se impone, pues, la ley real, es decir, la del rey (v. 8). Y faltar al mandamiento de amor es faltar a la ley entera, lo mismo que basta la ruptura de un único eslabón para romper una cadena. De modo que todos éramos culpables, convencidos de pecado. Pero Dios halló una gloria más grande en la misericordia que en el juicio. Esa misericordia nos coloca de ahí en adelante bajo una “ley” muy distinta: la de la libertad, libertad de una nueva naturaleza que encuentra su placer en la obediencia a Dios (1 Pedro 2:16).
La fe y las obras
Algunas personas han creído ver una contradicción entre las enseñanzas de Santiago y las de Pablo (como las del capítulo 4 a los Romanos). En realidad, cada uno de ellos presenta un lado distinto de la verdad. Pablo demuestra que la fe basta para justificar a alguien ante Dios. Santiago explica que, para ser justificado ante los ojos de los hombres, las obras son necesarias (v. 24; 1 Juan 3:10). No es la raíz de un árbol lo que permite juzgar la calidad del mismo, sino su fruto (Mateo 7:16-20).
La fe interior solo puede mostrarse a los hombres por las obras. No puedo ver la electricidad, pero el funcionamiento de una lámpara o de un motor me permite afirmar la presencia de la corriente en el cable conductor. La fe es un principio activo (v. 22), una energía interna que hace mover el engranaje del corazón. Pablo y Santiago ilustran su enseñanza con el mismo ejemplo: el de Abraham, al cual se agrega aquí el de Rahab. Según la moral humana, el primero es un padre criminal, la segunda una persona de mala reputación, traidora de su pueblo. Sus hechos manifiestan tanto más la consecuencia de su fe: ésta les llevó a hacer los más grandes sacrificios para Dios.
Amigo, tal vez usted haya dicho algún día que tiene fe, pero ¿lo ha demostrado también?
