Filipenses
Filipenses

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 4

Gozo, paz y sanos pensamientos

“Regocijaos en el Señor”, insiste el apóstol. No obstante, no le faltaban motivos para derramar lágrimas (cap. 3:18). Una infeliz discordia oponía a dos hermanas: Evodia y Síntique, lo cual alteraba a la iglesia. Pablo exhortó –o más bien suplicó– a cada una de ellas personalmente ¡que aprendieran –y nosotros también– la gran lección del capítulo 2:2! (comp. Proverbios 13:10). ¿Es nuestra gentileza conocida por nuestros hermanos, hermanas y compañeros? Cuántas querellas y preocupaciones cesarían si tuviéramos conciencia de que el retorno del Señor es inminente. Por medio de la oración, descarguemos nuestros corazones de todo lo que los atormenta. ¿Serán inmediatamente satisfechos? No necesariamente, pero Dios podrá verter en ellos su perfecta paz (v. 7). ¿Cómo evitar los malos pensamientos? Cultivando los buenos. Utilicemos el versículo 8 como una zaranda: lo que ocupa mi espíritu en este momento, ¿es verdadero, justo, puro, amable, edificante…? Pensamientos filtrados y depurados podrán traducirse solo en hechos de la misma naturaleza (v. 9). ¿Y cuál será la consecuencia de ello? No solo la paz de Dios, sino que “el Dios de paz”, en persona, morará con nosotros (Juan 14:23).

Jesucristo nuestra fortaleza

Sin duda, Pablo recordaba su primera visita a Filipos, la cárcel y los cánticos que allí entonaba con Silas (Hechos 16:24-25). Aunque otra vez estaba prisionero, nada podía quitarle su gozo, porque nada podía quitarle a Cristo. Lo mismo ocurría con su fortaleza: “Todo lo puedo” –dice, pese a sus cadenas– “en Cristo que me fortalece” (comp. 2 Corintios 6:10). Como él, aprendamos a estar contentos, cualesquiera sean las circunstancias: éxitos o dificultades, salud o enfermedad, buen o mal tiempo… estemos siempre contentos con el Señor.

Aunque muy pobres, los filipenses, por mano de Epafrodito, acababan de mandar una nueva ayuda al apóstol (leer 2 Corintios 8:1-5). Este les afirma, según su propia experiencia:

Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta,

pero no dice suplirá todas vuestras codicias. Compromete la responsabilidad de su Dios, como si endosara un cheque en blanco, sabiendo que dispone, para él y sus amigos, de un crédito ilimitado: nada menos que “sus riquezas en gloria” (v. 19; Efesios 3:16). Que Dios nos dé la aptitud correcta para experimentar el secreto del bienaventurado apóstol: la plena suficiencia del Señor Jesucristo hasta que por fin se cumpla el anhelo expresado en el Salmo 17:15: “Veré tu rostro… estaré satisfecho cuando despierte a tu semejanza”.