Capítulo 3
Las ventajas aparentes son solo basura
Además de hombres de Dios como Timoteo y Epafrodito, quienes debían ser recibidos y tenidos en cuenta, también existían “malos obreros” de los que era necesario cuidarse. Predicaban esa religión de las obras que confía en la capacidad humana y se alimenta de la consideración de los hombres. Pero si alguien poseía títulos humanos que podía hacer valer, ese era precisamente Pablo, judío que pertenecía al círculo más elevado, sumamente respetuoso de la doctrina hebrea y celoso en cuanto a la ley… Él hizo una lista de todas esas ventajas como en un gran libro de contabilidad. Luego trazó debajo una línea y escribió: Pérdida. Así como basta que el sol se levante para hacer palidecer a todas las estrellas, un único nombre, el de Cristo glorificado, eclipsó desde entonces todas las pobres vanidades terrenales de su corazón; no solo las estimó sin valor, sino ruinosas. ¡Y no resulta un gran sacrificio renunciar a lo que es basura! Que el Señor nos enseñe a despojarnos con gozo –como Bartimeo que arrojó su capa– de todo aquello con lo cual todavía pretendemos hacernos una reputación y una justicia. A ese precio podremos “conocerle” y seguirle en su camino de renunciamiento, de sufrimientos, de muerte, pero también de resurrección (Mateo 16:21, 24).
Proseguir a la meta y seguir una misma regla
En general, los hombres que realizan algo importante en la tierra son aquellos en quienes palpita una única pasión. Ya se trate de conquistar los polos, de obtener un premio Nobel o de combatir a un invasor, siempre se hallan hombres de acción prontos a sacrificarlo todo por un gran designio. Así era Pablo desde que Cristo lo había cautivado (comp. Jeremías 20:7). Sabía que estaba comprometido en la carrera cristiana y, como perfecto atleta, seguía esforzándose sin mirar atrás, pensando solo en el premio final (leer 2 Timoteo 4:7). Además, se ofrece para servirnos de entrenador y nos invita a seguirle en sus mismos pasos (v. 17). Como él, olvidemos las cosas que quedan atrás: nuestros éxitos, motivo de vanagloria; nuestros fracasos, causa de desaliento. En cambio, esforcémonos para alcanzar la meta, porque esa carrera con obstáculos no es, por cierto, un paseo. Es cosa seria, y lo que está en juego es muy importante.
Tener sus pensamientos en cosas terrenales, ¡qué inconsecuencia para aquel que tiene su “ciudadanía” en los cielos! (v. 20). ¿De qué hablan dos compatriotas que se encuentran en el extranjero? ¡De su país! Siempre tendremos un mismo sentir (v. 15) si, entre creyentes, hablamos de los gozos de la ciudad celestial.
