Capítulo 1
Razones para regocijarse
A esta epístola se la ha llamado el libro de la experiencia cristiana, la cual se resume en cuatro palabras: Cristo me es suficiente. Él es mi vida (cap. 1), mi modelo (cap. 2), mi meta (cap. 3), mi fuerza y mi gozo (cap. 4). Aquí Pablo no habla como apóstol ni como maestro, sino como un “siervo de Jesucristo”. ¿Cómo podría hacer valer un título más elevado que el que su Señor tomó? (cap. 2:7). Desde el fondo de la cárcel de Roma, Pablo escribe a sus amados filipenses, de los cuales conocemos a Lidia y al carcelero (Hechos 16). Su “entrañable amor” por ellos (v. 8) se traduce en oraciones. Nótese el eslabonamiento de las peticiones: amor, verdadero conocimiento, discernimiento espiritual, andar puro y recto y fruto que permanece (v. 9-11).
Luego los tranquiliza en cuanto a su encarcelamiento. Ese golpe que el enemigo pensaba asestar al Evangelio había contribuido a su progreso. La abierta oposición, calculada para desalentar a los testigos del Señor, generalmente tiene el efecto contrario: animarlos.
¿Cuál es la actitud del apóstol al enterarse de que, a veces, el Evangelio era anunciado en condiciones muy discutibles? No manifestó ninguna impaciencia ni crítica, como tampoco el deseo de asociarse a ello. Solo expresó un sincero gozo al ver que la obra de Dios se efectuaba, cualesquiera fueran los instrumentos.
Cristo, motivo de nuestra vida
El corazón del hombre fue creado de tal manera que no soporta permanecer vacío. Siente un hambre que el mundo, semejante a un vasto almacén, se esmera en satisfacer mediante una variedad de los más apetecibles productos. Pero por experiencia sabemos que por más atrayente que sea para nosotros un escaparate a la hora de comer, deja de tentarnos una vez saciados. Esta comparación un poco trivial nos ayuda a recordar algo: nada ejerce atracción alguna sobre un corazón lleno de Jesús. Esto ocurría con el apóstol: Cristo era su único objeto, su única razón de vivir. ¿Quién se atrevería a asumir este versículo 21? No obstante, el progreso del cristiano consiste en manifestar esto cada vez mejor. Cristo le bastaba a Pablo para vivir y para morir. Colocándose ante esa alternativa, no sabía qué escoger. Al morir, ganaba a Cristo, y al vivir servía a Cristo. El amor por los santos lo impulsaba más bien a quedarse.
La defensa del Evangelio, como todo combate, implica sufrimientos (1 Tesalonicenses 2:2, final). Pero estos son un don de la gracia del Señor, al igual que la salvación, un privilegio que él concede a los creyentes (v. 29). En vez de compadecernos de los cristianos perseguidos, ¿no deberíamos más bien tener el mismo celo? Por lo menos oremos por ellos. Así tomaremos parte con ellos en el combate por la verdad.
