Oseas
Oseas

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

Pedir en la tienda

Capítulo 2

Dios hiere, pero quiere hablar al corazón

La causa de Israel es indefendible (v. 2; comp. Isaías 1:18). Después de una agobiadora requisitoria, Dios pronuncia la sanción sobre la infidelidad del pueblo: Por tanto, he aquí yo rodearé de espinos su camino…” (v. 6). Por tanto, yo volveré y tomaré mi trigo…” (v. 9). He aquí que…” y uno podría aguardar un castigo más severo todavía. No obstante, ¿qué anuncia el versículo 14?

Pero he aquí que yo la atraeré y la llevaré al desierto, y hablaré a su corazón.

¡Incomparable gracia de Dios! El pecado de los suyos viene a ser para él la ocasión apropiada para desplegar su infinita misericordia. En lugar de echar a “la esposa” ingrata y culpable, la toma de la mano y, a solas con ella, le habla de manera tal que conmueva su corazón. Pero, ¿por qué mencionar ese siniestro valle de Acor? ¿Acaso no evocaba el pecado de Acán y sus desastrosas consecuencias? (Josué 7:26). Sin embargo, Dios lo escoge para hacer de él, de ahí en adelante, una “puerta de esperanza” (comp. Isaías 65:10). Y moralmente es lo mismo para nosotros. El valle de la turbación, el lugar en que tendremos que responder ante Dios por nuestras pasadas faltas, viene a ser “una puerta de esperanza”. De esa manera, Dios nos muestra que el goce de la comunión con él tiene como necesario punto de partida la confesión de nuestros pecados.

Pasado, presente y futuro del pueblo

En el estilo entrecortado que le es propio, el profeta hace alternar sin transición la descripción del trágico estado de Israel con las promesas de restauración (v. 18-23). La gracia de Dios establecerá nuevos vínculos con su pueblo. Este no será más siervo, como la mujer comprada (cap. 3:2) y no dirá más “mi señor” sino “mi marido” (cap. 2:16). “Te desposaré conmigo” repite tres veces Jehová como para sellar su compromiso (v. 19-20). Como anillo en el dedo de una joven novia, esa promesa debería haber hablado al corazón del pobre pueblo e incitarle a guardar celosamente sus afectos para Jehová (comp. Jeremías 2:2). Por analogía pensamos en la Iglesia, la que debería ser toda para Cristo. “Os he desposado con un solo esposo” dice Pablo a los corintios (2 Corintios 11:2), revelando también en Efesios 5:25-27 lo que Jesús hizo, hace y hará por la Iglesia.

La corta profecía del capítulo 3 describe de manera impresionante el estado actual de los hijos de Israel: ya no tienen rey ni culto, ni el de los ídolos como tampoco el de Jehová (v. 4). La casa de Israel será vaciada, barrida y adornada, dispuesta para el cumplimiento de Mateo 12:45. Pero luego vendrá su arrepentimiento y su restablecimiento en la bendición divina por la bondad de Jehová (v. 5).