Eclesiastés
Eclesiastés

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 2

Infructuosa búsqueda de la verdadera felicidad

Primeramente, el Predicador aplicó su corazón a buscar la sabiduría. ¡Cuántas cosas apasionantes se pueden descubrir en todos los dominios: artes, ciencias, turismo, arqueología…! Mediante medios modernos están puestas hoy al alcance de la juventud. Pero, cuanto más adelanta el sabio en sus investigaciones, tanto más arduos llegan a ser los problemas y tanto más se siente desalentado. El espíritu humano está encarcelado entre los muros de sus propios razonamientos. Solo la Palabra de Dios libera el pensamiento y comunica el verdadero conocimiento. Penoso trabajo, cansancio, aflicción y dolor: tal ha sido la triste conclusión del sabio (cap. 1:13, 18; 12:12).

«Vamos –se dijo él entonces–, solo pensemos en los placeres de la vida» (v. 1-3). Pero allí también su experiencia rápidamente cambia de dirección; vanidad y locura son las palabras que la resumen esta vez. Toda alegría humana se echa a perder con el sentimiento de que no es duradera (Proverbios 14:13).

¿Será, tal vez, la abundancia de los bienes terrenales la que podrá satisfacerle? ¿Quién estaba en mejor situación que Salomón para acumular y administrar riquezas y cumplir grandes obras que la ambición humana no deja de proponerse? (2 Crónicas 9:22). ¡Pues bien! escuchemos cómo él las aprecia al final:

Vanidad y correr tras el viento(v. 11, V. M.).

¿Qué beneficio tiene todo esto?

“¿Qué provecho tiene el hombre de todo su trabajo…?” fue la primera pregunta hecha por el Predicador (cap. 1:3). Todo es sin provecho contesta el versículo 11 del capítulo 2. Por de pronto, el hombre se afana, sus días son dolores y sus trabajos molestias”; aun de noche no descansa (v. 22-23). En cuanto al porvenir, se da cuenta de que nada es estable.

Ante ese cuadro desesperante (v. 20), ¿qué hará el hijo de Dios? No le está prohibido amar la vida y ver días buenos aquí abajo. Pero esto no ocurrirá si recorre el mundo en busca de una ilusoria felicidad. Le corresponde a él mismo crear las condiciones:

Refrene su lengua de mal… haga el bien; busque la paz;
 (1 Pedro 3:10-11)

¡acusamos tan fácilmente a los demás!. Y, por otra parte, el trabajo es necesario, pero debe ser apacible, cumplido para el Señor y no para servir la propia ambición (2 Tesalonicenses 3:12; Colosenses 3:23-25).

Queridos amigos, ojalá cada uno de ustedes se interrogue: ¿Cuál es la meta de mi trabajo? Porque las cosas no tienen para nada el mismo aspecto según se las considere a la luz del sol o a la de la eternidad. Solo esta última nos revelará lo que es verdaderamente provechoso.