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El andar del creyente como hijo de Dios
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El andar del creyente con relación a los afectos naturales
Esta parte nos exhorta acerca de la conducta conveniente que deben adoptar los creyentes en sus relaciones terrenales. En primer lugar, el apóstol habla de la más íntima de estas relaciones, es decir del matrimonio (v. 22-23); luego, de los hijos y de los padres (cap. 6:1-4); y finalmente de los siervos y de los amos terrenales (cap. 6:5-9).
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Versículo 1
En esta parte de la epístola, los creyentes son contemplados no solo como aquellos que reconocen que hay un solo Dios, sino como aquellos que están en relación con Él, como hijos suyos. Todo el pasaje nos exhorta a andar como es propio que lo hagan los hijos. La conjunción “pues” del primer versículo vincula este pasaje con el último versículo del capítulo anterior.
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Versículo 14
Para Dios, el incrédulo está muerto. Si el verdadero creyente no tiene en cuenta estas exhortaciones, puede caer en un estado de letargo espiritual y dormir hasta el extremo de llegar a parecerse a un muerto. En esa condición no podrá aprovechar la luz de Cristo. La exhortación que le conviene es: “Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos, y te alumbrará Cristo”.
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Versículo 2
De modo que primeramente, como hijos, se nos exhorta a andar en amor. De inmediato, se nos presenta a Cristo como el gran ejemplo de este amor. En Él vemos la consagración del amor al entregarse a sí mismo por otros, y esta consagración sube a Dios como un sacrificio de olor fragante.
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Versículo 3
El amor que se consagra para el bien de los demás, excluirá la impureza que satisface a la carne en detrimento de otros y la codicia que busca el beneficio propio. Nuestro andar debe ser el que conviene a los santos. El modelo de nuestra conducta moral no es simplemente un andar que es propio de un hombre honesto, sino el que conviene a santos.
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Versículo 33
Por lo demás, dice el apóstol a cada uno individualmente –mientras tratamos de penetrar en estas verdades eternas del gran misterio de Cristo y de la Iglesia–, que el marido ame a su mujer como a sí mismo, y que la mujer respete a su marido.
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Versículo 4
Además, la satisfacción pasajera que el mundo encuentra en la inmundicia, las palabras deshonestas y las truhanerías son inconvenientes para los santos. Lo que les conviene es el gozo apacible y profundo de las acciones de gracias, no “la risa del necio” (Eclesiastés 7:6).
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Versículo 5
Los que se caracterizan por la impureza, la codicia y la idolatría, no solo serán privados de las bendiciones del reino venidero de Cristo y de Dios, sino que, por ser desobedientes al Evangelio, caerán bajo la ira de Dios. En contraste con el presente mundo malo, el reino de Dios será una escena en la que prevalecerá el amor y quedará excluida la concupiscencia.
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Versículo 6
Se nos advierte que no nos dejemos engañar con palabras vanas. Es evidente que los hombres quieren excusar la codicia mediante la filosofía y la ciencia; y que para darle al pecado una apariencia atractiva tratan de encubrirlo con un manto de encanto poético y romántico. A pesar de ello, por estas cosas viene la ira de Dios sobre los hijos de desobediencia.
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Versículo 7
Por lo tanto, no debemos ser partícipes con tales personas. Los hijos de Dios y los hijos de desobediencia no pueden tener nada en común.
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Versículos 11-13
Ya se nos advirtió de que no tengamos ninguna participación con los que hacen el mal; ahora somos exhortados a no tener ninguna participación en las obras de las tinieblas. Más bien debemos reprenderlas. Hablar de las cosas que la carne puede hacer en secreto es vergonzoso. La luz de Cristo reprueba el mal que ella manifiesta.
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Versículos 15-17
En tercer lugar, se nos exhorta a andar sabiamente. Después de haber aprendido, mediante los catorce primeros versículos, que la verdadera medida para un andar recto es la naturaleza de Dios, es decir, luz y amor, debemos sacar provecho de esta enseñanza y andar cuidadosamente “no como necios sino como sabios”.
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Versículos 18-21
La sabiduría dada por Dios conducirá a la sobriedad, en contraste con la excitación de la naturaleza. El mundo puede elaborar alguna estimulación pasajera que termina en excesos del mal, en disolución, pero el creyente tiene una fuente de gozo en su interior: el Espíritu Santo; y como tenemos el Espíritu, se nos exhorta a ser llenos de él.
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Versículos 22-25
A la mujer creyente se la exhorta a permanecer sujeta en todo a su marido, y al marido creyente a amar a su mujer. Las exhortaciones especiales siempre tienen por objeto señalarle al individuo que las recibe la cualidad particular que no debe olvidar y que suele flaquear en él.
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Versículos 26-27
Él obra, en su amor, a fin de presentarse a sí mismo, muy pronto, “una iglesia que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha”.
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Versículos 28-30
Después de haber presentado de manera tan bendita la verdad referente a Cristo y la Iglesia, el apóstol vuelve a dar exhortaciones prácticas. Los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos, porque ambos están unidos en uno de manera tan real, que el marido puede considerar a su mujer como si fuera él mismo.
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Versículos 31-32
El marido que ama a su mujer se ama a sí mismo y dejará otras relaciones para unirse a su mujer. El apóstol cita el Génesis, pero establece expresamente que es un gran misterio “respecto de Cristo y de la iglesia”. Cristo, como Hombre, abandonó toda clase de relación con Israel según la carne para adquirir a su Iglesia.
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Versículos 8-10
En segundo lugar, en otro tiempo éramos tinieblas, mientras que ahora somos luz en el Señor. Esto no significa simplemente que estábamos en la oscuridad, sin conocer a Dios, sino que nos caracterizábamos por tener una naturaleza que es tinieblas, la cual se complace en todo lo que es contrario a Dios.
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