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Orientar nuestro corazón hacia Dios
A veces, cuando oramos, la presencia de Dios se hace real y llega a ser una fuente de paz, de ánimo y de gozo. Pero otras veces nuestras oraciones nos parecen rutinarias, frías, sin vida. Dios nos parece lejano. Los fieles del Antiguo Testamento vivieron las mismas experiencias. Pero no por ello cesaron de orar, sino que se lo dijeron al Señor (Salmo 10:1; 13:1). Ahí está el remedio.
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Permanecer en la dependencia del Señor
Otro obstáculo para nuestra vida de oración es esa profunda tendencia a ser independientes. Cuando todo va bien, fácilmente nos volvemos negligentes para orar. Nos alejamos de Dios, queremos vivir por nuestra cuenta, y en consecuencia llega el fracaso, un fracaso que durará hasta que nos volvamos nuevamente al Señor. ¡Tenemos necesidad de él para todo!
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Su objetivo
Oramos primeramente para que Dios sea glorificado. Cuando por la fe nos acercamos verdaderamente a Dios, el deseo de honrarlo crece en nosotros. Entonces, ligados a ese deseo, oramos para discernir y cumplir la voluntad de Dios. Orando aprendemos, no a imponer nuestro pensamiento a Dios, sino a someternos a él. Por medio de la oración buscamos lo que Dios desea y lo aceptamos para hacerlo.
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Sus resultados
Dios responde de dos maneras a la oración de sus hijos. Primero les da su paz y los libra de la angustia (Filipenses 4:7; 1 Samuel 1:15, 18; Salmo 34:17). Podemos echar sobre él toda nuestra carga porque él tiene cuidado de nosotros (1 Pedro 5:7). Luego, Dios nos concede lo que le pedimos si nuestra petición es conforme a su voluntad (1 Juan 5:14).
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Tomarse tiempo para orar
Orar, y hacerlo regularmente, es algo difícil, tenemos que reconocerlo. “¿No habéis podido velar conmigo una hora?” (Mateo 26:40). Cuanto más pesada se nos haga la oración, más negligentes somos en cuanto a ella. El resultado es una decadencia de nuestra vida espiritual.
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Vencer las dudas y las incertidumbres
La fe en Dios es primordial en las oraciones (Hebreos 11:6). ¿Entonces qué hacer en caso de duda? Una distinción se impone: existen dos tipos de duda. Una aleja de Dios, la otra conduce hacia él. El primer tipo es la duda por incredulidad, que rehúsa creer, ver su propia necesidad e ir hacia Jesús (Juan 5:40). Es un pecado que debe ser confesado y abandonado.
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