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The Mackintosh Treasury

La persona y la obra de Cristo

Siempre hallamos frescura en cada porción de la Palabra de Dios, pero más especialmente en aquellas partes que nos presentan a la bendita Persona del Señor Jesús; que nos dicen lo que era, lo que hacía, lo que decía, cómo lo hacía y cómo lo decía; que lo presentan a nuestros corazones en sus idas y venidas y en sus inmaculados caminos; en su espíritu, tono y manera, en su mirada y en su gesto. Hay algo en todo esto que domina y atrae el corazón. Es mucho más poderoso que la mera declaración de doctrinas, por importantes que sean, o que el establecimiento de principios, por profundos que sean.

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La progresiva revelación de Dios

“Jehová ha dicho que él habitaría en la oscuridad” (2 Crónicas 6:1). Cuando la nube –presencia de Dios– llenó el tabernáculo o el templo, ni los sacerdotes ni el mismo Moisés, en su tiempo, podían penetrar en él, “porque la gloria de Jehová había llenado la casa de Dios” (Éxodo 40:35; 2 Crónicas 5:14). Él “habita en luz inaccesible; a quien ninguno de los hombres ha visto ni puede ver” (1 Timoteo 6:16). En otras palabras, él es desconocido en la tierra, permanece inaccesible en la luz celestial. Cuando Moisés desea ver la gloria de Dios, Jehová le responde: “No podrás ver mi rostro; porque no me verá hombre, y vivirá” (Éxodo 33:20). Sin embargo, a través de los siglos –como lo dice Pablo a los atenienses– algunos han buscado “si en alguna manera, palpando, puedan hallarle” (Hechos 17:27). Incluso un filósofo griego como Platón no pudo más que «palpar». Era necesario que Dios se revelase.

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¿Quién es Jesús?

Cuando Jesús preguntó: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mateo 16:15-16). Se lo había revelado el Padre, y por esta razón es llamado “bienaventurado”. Al final de su vida, sabiendo que en breve debía abandonar el cuerpo (2 Pedro 1:14), el apóstol hace una exhortación muy importante: “Creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (cap. 3:18). De un modo muy simple, y sin duda muy parcialmente, hemos intentado mostrar algunas de las glorias de esta Persona maravillosa, cuya profunda contemplación puede transformar nuestras vidas (2 Corintios 3:18). Mientras estemos en la tierra, nunca podremos escudriñar todo este misterio. “Nadie conoce al Hijo, sino el Padre” (Mateo 11:27). En su oración, el mismo Señor Jesús decía: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:3). Efectivamente, “este es el verdadero Dios, y la vida eterna” (1 Juan 5:20).

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Ver a Jesús por donde anduvo

Al final de su vida en esta tierra el apóstol Juan, aquel a quien Jesús amaba y con quien tenía mayor intimidad que con otros, nos dice con emoción: “Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida… lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo. Estas cosas os escribimos, para que vuestro gozo sea cumplido” (1 Juan 1:1-4).

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