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Jesús, nuestro modelo

Pero prosigamos. Así como Jesús no se excusó delante del juicio de los hombres durante el curso de su ministerio –como lo acabamos de ver– tampoco buscó la compasión del hombre en la hora de su “debilidad”, cuando las potestades de las tinieblas se desencadenaban contra él.

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Jesús pone el hombre a prueba

Finalmente, en sus relaciones con el hombre, las glorias morales que se dejan ver en el ministerio del Señor Jesús son ciertamente espléndidas y excelentes. Él se hallaba constantemente aliviando y sirviendo al hombre en todas las variedades de su miseria, a la vez que manifestaba la condición de este haciéndole ver que tenía una naturaleza perdida, rebelde y apóstata.

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Jesús saquea a Satanás

Así comienzan las relaciones de Jesús con Satanás. Después de esto, el Señor entra en la casa del enemigo y saquea sus bienes. Esta casa es el mundo, y allí el Señor, en su ministerio, es visto disipando las nubes diversas y densas del poder del enemigo.

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Jesús se acerca

Pero en el carácter de nuestro Señor hay otras combinaciones que debemos considerar. Alguien dijo de él: «Fue el hombre de mayor gracia, el más accesible que jamás hubo». Y, en efecto, vemos en su manera de ser una ternura y una bondad nunca vistas en otros hombres y, sin embargo, vemos que siempre fue “un extraño” en la tierra. ¡Cuán cierto es esto!

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Jesús vence a Satanás

En cuanto a Satanás, Jesús le encuentra primeramente, y en el momento oportuno, como tentador. En el desierto, el enemigo procuró impregnar a Jesús con aquellas corrupciones morales que con tanto éxito había logrado implantar en Adán y en la naturaleza humana. La victoria obtenida sobre el tentador era la introducción justa y necesaria a todos los trabajos y actos del Señor.

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La fe que entiende al Salvador

En el capítulo 1 de Marcos, muchos se ven beneficiados por el ministerio de gracia y de poder del Señor. Personas enfermas que padecían toda suerte de males acuden a él; multitudes le escuchan y reconocen la autoridad con que hablaba; un leproso viene a él con su mal, reconociéndole así como el Dios de Israel.

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La fe recompensada

Así como nuestro Maestro respondió con gozo al pedido del más osado en cuanto a la fe, nunca rehusó contestar la petición del débil.

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La gavilla mecida

Hay más aun en cuanto a esta perfección. Jesús nos es presentado también bajo otros aspectos diferentes. A veces es el menospreciado y desdeñado, acechado y aborrecido por los adversarios, obligado a retirarse –por decirlo así– a fin de res guardar su vida de las intenciones y tentativas de ellos.

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La gloria moral debe preceder el reino

Y lo mismo vemos en el capítulo 12 de Juan: el Señor nos hace saber que la manifestación de la gloria moral debe preceder al reino. Él sin duda pronto ha de resplandecer en la gloria del trono; los gentiles vendrán entonces a Sion y verán al Rey en su hermosura; pero, antes de que eso pueda tener lugar, la gloria moral debe ser manifestada en toda su plenitud y pureza.

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La gloria soberana y la humillación

En nuestro Redentor contemplamos la gloria y la humillación, aspectos de su vida que nos son necesarios. Aquel que se sentó junto al pozo de Sicar es el mismo que ahora está sentado en el cielo:

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La humillación del Señor

Pero Jesús sabía también “vivir humildemente”. Contemplémosle ante los samaritanos en el capítulo 9 de Lucas.

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La inteligencia de la mujer sirofenicia

Esto, sin embargo, no hará mella en el hombre, como ya lo dijimos. Él se sentirá bien mientras se ocupe en sí mismo, sin importarle en absoluto la gloria de Dios. Tal es el hombre. Pero qué bello cuadro tenemos cuando, a través de la fe, el corazón de un pobre pecador es transformado, pudiendo así regocijarse en la gloria de Dios.

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La meta de Cristo es glorificar a Dios

La plenitud de la obra de Cristo supera nuestros pensamientos y, sin embargo, ésa es ciertamente su gloria. Él nos asiste en todas nuestras necesidades, pero al mismo tiempo nos presenta a Dios y su verdad. Él curaba a los enfermos, pero también predicaba el reino.

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La omnisciencia del Señor

Notemos, además, que el Señor no juzgaba a los demás en relación consigo mismo (falta muy común en la que todos incurrimos). Nosotros naturalmente juzgamos a los demás según cómo nos tratan y el beneficio que podemos sacar de ellos es la medida con la que medimos su carácter y su valor. Mas el Señor no actuaba así. Dios es un Dios de conocimiento, y pesa las acciones.

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La relación del Señor con Dios

El ministerio del Señor, al igual que su carácter, nos presenta una combinación notable de las mismas glorias morales. Hay tres aspectos en lo que toca al ministerio, según este se relacione con Dios, con Satanás o con los hombres.

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Maneras de hablar

Gran variedad de tono y de manera de proceder se manifiesta en las diversas circunstancias de la vida del Señor. Y toda esta variedad, por minúscula o grande que fuese, constituía una parte de la fragancia que subía ante Dios.

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Necesidades del Señor

Mas aquel que así se sustentaba con el cumplimiento de la voluntad divina, también conocía el cansancio, el hambre y la sed. Esto lo vemos en el capítulo 4 de Juan, al que acabamos de aludir, como también en el capítulo 4 de Marcos, con la diferencia de que, mientras en el segundo el Señor halla alivio y descanso por medio del sueño, en el primero prescinde de este natural restablecimiento.

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Ocasiones de reprender

Pero, además, en su ministerio con relación al hombre, le vemos frecuentemente asumiendo el carácter de reprensor, algo muy necesario en medio de una familia humana caída. Mas su manera de reprender brilla con una excelencia tal que es digna de nuestra admiración.

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Paz a vosotros

Ya sea la voz de Jesús o la voz de sus ángeles la que nos dice: “No temáis” (Mateo 14:27; Marcos 5:36; Lucas 5:10, etc.), estas palabras mantienen su vigor tanto después de la resurrección de Jesús como antes de la cruz. Previamente a morir, él había hablado a sus discípulos de darles su paz; y, tras su muerte, vemos que hizo efectiva su palabra de la manera más enfática.

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Pedro censurado

Todo esto tiene para nosotros una aplicación personal, individual. Esto nos concierne personalmente. Pedro por sí mismo conoce a su Maestro: es el mismo para él antes y después de su resurrección. Jesús, en el capítulo 16 de Mateo, le reprende, pero pocos días después le lleva consigo al monte santo, con plena libertad de corazón, como si nada hubiese pasado.

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Pedro restaurado

Ahora bien, al principio del capítulo 21 de Juan hallamos a Pedro en la condición moral en que le habían dejado la oración y la mirada del Señor. La fe de Pedro no había desfallecido.

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Perfecta harmonización

Es la conjunción o combinación de virtudes lo que constituye la gloria moral. Jesús sabía –según la expresión del apóstol– “vivir humildemente” y “tener abundancia”; sabía cómo emplear mejor los momentos de prosperidad, por decirlo así, y también las ocasiones de depresión, pues, en su tránsito por este mundo, supo lo que eran esas experiencias.

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Pobreza material del Señor

Las expresiones del apóstol: “como pobres, mas enriqueciendo a muchos; como no teniendo nada, mas poseyéndolo todo”, expresiones elevadas y maravillosas, se manifestaron en el Señor de una manera muy particular y personal.

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Reacción del hombre natural

La fe, sin embargo, se siente cómoda en su presencia. El dios de este mundo ciega los pensamientos de los incrédulos para que no les resplandezca esta gloria ni puedan gozar de ella, en tanto que la fe la recibe con felicidad. Tal es la historia de la gloria aquí en la tierra, entre los hombres.

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