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Dar al Señor
En el mismo libro del Eclesiastés, que antes citamos, leemos que hay “tiempo de guardar, y tiempo de desechar” (Eclesiastés 3:6). El Señor Jesús guardó y desechó cada cosa en su debido tiempo. En el servicio espiritual del corazón o de la mano de quien adora a Dios no hay desperdicio, por pródigo que parezca el modo de obrar, pues, como David, aquel dice al Señor:
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Debemos reflejar su luz
La luz de Dios brilla algunas veces ante nosotros a fin de que, según el poder que nos es dado, podamos discernirla, gozarla, valernos de ella y seguirla. No tanto para acusarnos o exigir algo de nosotros, sino que ella más bien brilla ante nosotros –como ya lo he dicho– a fin de que la reflejemos, si tenemos gracia.
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Dios complacido en su Hijo
La obra de Dios, como Creador, había sido rápidamente echada a perder en manos del hombre. El hombre cayó en la ruina, se corrompió, por lo cual está escrito: Se arrepintió Jehová de haber hecho hombre en la tierra (Génesis 6:6).
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Dos invitaciones
La invitación encubría una intención premeditada. Tan pronto como el Señor hubo entrado en la casa, el dueño de esta hace el papel de fariseo y no el de dueño de casa, pues se asombra de que su invitado no se hubiera lavado antes de comer; y el carácter que asume así desde el principio se muestra en toda su fuerza hacia el final.
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El carácter de Pedro
El Señor, mientras ejercía su ministerio en medio de sus discípulos, mucho tuvo que ver con Pedro, más que con cualquiera de ellos, tanto antes como después de la obra del Calvario. Casi todo el último capítulo del evangelio de Juan está ocupado con Pedro.
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El corazón atraído por el Señor
En un sentido relevante, los discípulos conocían a Cristo personalmente. Era su persona, su presencia, él mismo lo que los atraía, y, sin duda, necesitamos más de ello.
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El corazón del Señor
¡Qué belleza tan variada y exquisita! ¿Podrá alguien sondear todos los caminos de Jesús? El buitre dirá que ellos están fuera del alcance de su vista, y, si ningún ojo humano es capaz de ver en su plenitud el conjunto de ese único objeto, ¿dónde está el carácter humano que, con sus sombras e imperfecciones, no contribuya a resaltar el esplendor de aquel?
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El Hijo del Hombre glorificado
El derecho de Jesús a la gloria era un derecho moral. Él tenía un título moral para ser glorificado; ese título se hallaba en él mismo. En el capítulo 13 de Juan esta bendita verdad es puesta en evidencia en su debido lugar: “Ahora es glorificado el Hijo del Hombre”, dice el Señor inmediatamente después que Judas hubo abandonado la mesa (v.
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The Mackintosh Treasury
El ministerio de Cristo en el futuro
Después de haber echado una breve e imperfecta mirada al ministerio de Cristo en el pasado y en el presente, diremos también, para terminar, unas palabras sobre su ministerio futuro. Puede que algunos se sientan dispuestos a decir: «No entiendo cómo el Señor nos servirá en el futuro.
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El ministerio de Cristo en el pasado
Volvámonos ahora al capítulo 21 del libro del Éxodo, donde leemos lo siguiente:
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El ministerio de Cristo en el presente
Y ahora pasaremos del ministerio que Cristo llevó a cabo por nosotros en el pasado al que está haciendo hoy por nosotros continuamente en la presencia de Dios. Este servicio nos es presentado, de una manera sumamente bendita, en la primera parte del capítulo 13 de Juan. La misma gracia preciosa resplandece aquí como en todo lo que hemos estado considerando.
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El Señor siempre vence el mal con el bien
Pero el Señor no podía incurrir en tal desacierto; no podía ser “vencido por el mal”, sino que, al contrario, siempre vencía “con el bien el mal”, el mal que estaba en el hombre con el bien que estaba en Él.
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En Emaús y Betania
En Emaús se había despertado asimismo un deseo vehemente, pero las condiciones no eran las mismas. No era el deseo de un alma recién atraída, sino el de corazones ya restaurados. La incredulidad, sin embargo, vela la vista de los dos discípulos que volvían a su casa entristecidos, creyendo que sus esperanzas en el Señor se habían visto frustradas.
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En Getsemaní
Al llegar con sus discípulos a Getsemaní, Jesús les pide que velen con él, pero no les pide que oren por él. Sí buscó simpatía; la apreciaba en las horas de debilidad y angustia y deseaba que los corazones de sus compañeros estuviesen entonces ligados al suyo.
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En Jesús, dos naturalezas distintas
¡Qué perfección se ve en todo esto! Seguramente todo es perfecto y cada cosa está en su lugar: las virtudes humanas, los frutos de esa unción que había recibido y sus glorias divinas.
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En medio de la confusión
En un tiempo en el que prevalece la confusión uno se siente tentado a abandonarlo todo, por cuanto parece que todo está perdido y sin esperanza posible. También le asalta a uno la tentación de pensar que todo distingo entre las cosas no solo es algo inútil sino también una pérdida de tiempo.
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Este es mi Hijo amado
Sin embargo, ¡esta gloria le pertenece a él solamente! ¡Cuán infinitamente lejos de nuestro corazón está cualquier otro pensamiento!
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Fidelidad de Jesús
La naturaleza misma y el espíritu de sus relaciones con sus discípulos, durante ese intervalo de cuarenta días, siguen siendo, en cierto sentido, los mismos que antes.
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Gozo del Señor, gozo en el cielo
Los ángeles se regocijan cuando un pecador se arrepiente. Hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente. Es esta, para nosotros, una feliz revelación de uno de los secretos del cielo. Nos enteramos de ello leyendo una ilustración tras otra en el capítulo 15 de Lucas.
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Imagen del Dios dador pero no reconocido
El Señor daba sin cesar, pero raras veces aprobaba: él comunicaba abundantemente allí donde no hallaba sino poca comunión; esto revela y magnifica su bondad. Nada había en los hombres que tuviese atractivo para Jesús y, sin embargo, él siempre daba.
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Incredulidad de la familia del Señor
No es bueno que seamos siempre comprendidos. Nuestra conducta y hábitos deberían ser los de extranjeros, los de ciudadanos de otra patria, cuyo lenguaje, leyes y costumbres no son sino pobremente conocidos aquí. La carne y la sangre no los pueden apreciar; y así, los santos de Dios no se hallan en una buena condición cuando el mundo los comprende.
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Incredulidad de Tomás
De igual modo actuó Jesús con Tomás, como podemos verlo en el capítulo 20 de Juan. Tomás, adorando a Jesús, expresó: “¡Señor mío, y Dios mío!”, pero Jesús se hallaba en una altura moral de la que estas palabras no podían hacerle descender y desde la cual oía, miraba y pesaba todas las cosas, aun palabras como estas.
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Jesús, centro de atracción
Mas no tengo necesidad de decir que Jesús era lo opuesto, de modo que sus parientes según la carne, con una mentalidad mundana, no podían comprenderle. Los principios que Jesús mantenía eran extraños para un mundo como el nuestro; este los menospreciaba como la hija de Saúl menospreció a David cuando este danzaba delante del arca (2 Samuel 6:16).
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Jesús, después de su resurrección
Los discípulos se mostraron infieles, indignos de Su confianza; le abandonaron en la hora de Su debilidad y huyeron para salvar su vida; en tanto que él, por amor hacia ellos, pasó por los terrores de la muerte, sufrió la cruz, una muerte tan cruel, tan vergonzosa que ninguna otra criatura podría haberla vencido.
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