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Callarse o hablar

Y a medida que seguimos el rastro de esta bendita verdad, hallamos que está escrito: Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno (Colosenses 4:6).

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Comparación entre el Señor Jesús y Pablo

¡Maravillosa perfección! ¿Quién podría mantener ante sus ojos un objeto tan perfecto, tan irreprensible, tan exquisita y delicadamente puro, en los detalles más ordinarios y minuciosos de la vida humana? Pablo era incapaz de ello. Nadie que no fuera Jesús, el Dios-hombre, podría hacerlo.

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Comportamiento de Jesús en su niñez

La misma belleza y la misma propiedad las volvemos a encontrar en el hecho de que en el capítulo 2 de Lucas él ni enseña ni aprende, sino que tan solo escucha y hace preguntas. Enseñar habría estado fuera de lugar, por cuanto él era un niño que se hallaba en medio de sus ancianos.

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Cualidades morales de Jesús

El Señor no se dejaba arrastrar por la dulzura cuando se requería fidelidad; y, sin embargo, pasó por alto muchas circunstancias que habrían herido la sensibilidad humana y de las que el sentido moral del hombre habría juzgado correcto resentirse. Jesús no quiso ganar a sus discípulos con los pobres medios de una naturaleza amable.

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Cumplimiento de las promesas

¡Maestro perfecto!

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Dar al Señor

En el mismo libro del Eclesiastés, que antes citamos, leemos que hay “tiempo de guardar, y tiempo de desechar” (Eclesiastés 3:6). El Señor Jesús guardó y desechó cada cosa en su debido tiempo. En el servicio espiritual del corazón o de la mano de quien adora a Dios no hay desperdicio, por pródigo que parezca el modo de obrar, pues, como David, aquel dice al Señor:

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Debemos reflejar su luz

La luz de Dios brilla algunas veces ante nosotros a fin de que, según el poder que nos es dado, podamos discernirla, gozarla, valernos de ella y seguirla. No tanto para acusarnos o exigir algo de nosotros, sino que ella más bien brilla ante nosotros –como ya lo he dicho– a fin de que la reflejemos, si tenemos gracia.

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Dios complacido en su Hijo

La obra de Dios, como Creador, había sido rápidamente echada a perder en manos del hombre. El hombre cayó en la ruina, se corrompió, por lo cual está escrito: Se arrepintió Jehová de haber hecho hombre en la tierra (Génesis 6:6).

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Dos invitaciones

La invitación encubría una intención premeditada. Tan pronto como el Señor hubo entrado en la casa, el dueño de esta hace el papel de fariseo y no el de dueño de casa, pues se asombra de que su invitado no se hubiera lavado antes de comer; y el carácter que asume así desde el principio se muestra en toda su fuerza hacia el final.

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El carácter de Pedro

El Señor, mientras ejercía su ministerio en medio de sus discípulos, mucho tuvo que ver con Pedro, más que con cualquiera de ellos, tanto antes como después de la obra del Calvario. Casi todo el último capítulo del evangelio de Juan está ocupado con Pedro.

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El corazón atraído por el Señor

En un sentido relevante, los discípulos conocían a Cristo personalmente. Era su persona, su presencia, él mismo lo que los atraía, y, sin duda, necesitamos más de ello.

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El corazón del Señor

¡Qué belleza tan variada y exquisita! ¿Podrá alguien sondear todos los caminos de Jesús? El buitre dirá que ellos están fuera del alcance de su vista, y, si ningún ojo humano es capaz de ver en su plenitud el conjunto de ese único objeto, ¿dónde está el carácter humano que, con sus sombras e imperfecciones, no contribuya a resaltar el esplendor de aquel?

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El Hijo del Hombre glorificado

El derecho de Jesús a la gloria era un derecho moral. Él tenía un título moral para ser glorificado; ese título se hallaba en él mismo. En el capítulo 13 de Juan esta bendita verdad es puesta en evidencia en su debido lugar: “Ahora es glorificado el Hijo del Hombre”, dice el Señor inmediatamente después que Judas hubo abandonado la mesa (v.

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El Señor siempre vence el mal con el bien

Pero el Señor no podía incurrir en tal desacierto; no podía ser “vencido por el mal”, sino que, al contrario, siempre vencía “con el bien el mal”, el mal que estaba en el hombre con el bien que estaba en Él.

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En Emaús y Betania

En Emaús se había despertado asimismo un deseo vehemente, pero las condiciones no eran las mismas. No era el deseo de un alma recién atraída, sino el de corazones ya restaurados. La incredulidad, sin embargo, vela la vista de los dos discípulos que volvían a su casa entristecidos, creyendo que sus esperanzas en el Señor se habían visto frustradas.

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En Getsemaní

Al llegar con sus discípulos a Getsemaní, Jesús les pide que velen con él, pero no les pide que oren por él. Sí buscó simpatía; la apreciaba en las horas de debilidad y angustia y deseaba que los corazones de sus compañeros estuviesen entonces ligados al suyo.

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En Jesús, dos naturalezas distintas

¡Qué perfección se ve en todo esto! Seguramente todo es perfecto y cada cosa está en su lugar: las virtudes humanas, los frutos de esa unción que había recibido y sus glorias divinas.

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En medio de la confusión

En un tiempo en el que prevalece la confusión uno se siente tentado a abandonarlo todo, por cuanto parece que todo está perdido y sin esperanza posible. También le asalta a uno la tentación de pensar que todo distingo entre las cosas no solo es algo inútil sino también una pérdida de tiempo.

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Este es mi Hijo amado

Sin embargo, ¡esta gloria le pertenece a él solamente! ¡Cuán infinitamente lejos de nuestro corazón está cualquier otro pensamiento!

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Fidelidad de Jesús

La naturaleza misma y el espíritu de sus relaciones con sus discípulos, durante ese intervalo de cuarenta días, siguen siendo, en cierto sentido, los mismos que antes.

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Gozo del Señor, gozo en el cielo

Los ángeles se regocijan cuando un pecador se arrepiente. Hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente. Es esta, para nosotros, una feliz revelación de uno de los secretos del cielo. Nos enteramos de ello leyendo una ilustración tras otra en el capítulo 15 de Lucas.

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Imagen del Dios dador pero no reconocido

El Señor daba sin cesar, pero raras veces aprobaba: él comunicaba abundantemente allí donde no hallaba sino poca comunión; esto revela y magnifica su bondad. Nada había en los hombres que tuviese atractivo para Jesús y, sin embargo, él siempre daba.

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Incredulidad de la familia del Señor

No es bueno que seamos siempre comprendidos. Nuestra conducta y hábitos deberían ser los de extranjeros, los de ciudadanos de otra patria, cuyo lenguaje, leyes y costumbres no son sino pobremente conocidos aquí. La carne y la sangre no los pueden apreciar; y así, los santos de Dios no se hallan en una buena condición cuando el mundo los comprende.

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Incredulidad de Tomás

De igual modo actuó Jesús con Tomás, como podemos verlo en el capítulo 20 de Juan. Tomás, adorando a Jesús, expresó: “¡Señor mío, y Dios mío!”, pero Jesús se hallaba en una altura moral de la que estas palabras no podían hacerle descender y desde la cual oía, miraba y pesaba todas las cosas, aun palabras como estas.

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