1 Timoteo
1 Timoteo

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 1

Nueva regla de vida

Conocimos a Timoteo en el capítulo 16 de los Hechos. Los vínculos de Pablo con su “verdadero hijo en la fe” eran preciosos. Sin embargo, le escribe en calidad de apóstol para subrayar la autoridad que le confiere. A ese joven discípulo se le confía una tarea difícil: mandar a cada uno cómo debe conducirse en la iglesia (1 Timoteo 3:15). El propósito de este mandamiento era el amor (v. 5). Así como los tribunales no son para la gente honesta, la ley no concierne más a los que son justificados. Lo que les conviene de ahí en adelante es el amor, cuya fuente está en Dios. Este amor ha sido derramado en nuestro corazón por el Espíritu Santo (Romanos 5:5). Pero para que no permanezca en nosotros como agua estancada, para que nos atraviese y sea provechoso para los demás, ningún conducto debe estar obstruido. El amor emana de un “corazón limpio”: libre de todo ídolo; proviene de una “buena conciencia”: la que no tiene nada que reprocharse (véase Hechos 24:16); de una “fe no fingida”: exenta de toda forma hipócrita (2 Timoteo 1:5). Si estas condiciones no se cumplen, nuestro cristianismo no será más que “vana palabrería” (1 Timoteo 1:6).

¡Cuán brillante es el contraste entre la ley que maldice al pecador y la gracia que lo transporta al goce de la gloria y de la felicidad de Dios!

Una gracia inmerecida

Si alguien podía comparar la servidumbre de la ley con el Evangelio de la gracia, ese era el fariseo Saulo de Tarso, quien llegó a ser el apóstol Pablo. Su fidelidad a los mandamientos no le había impedido ser el primero de los pecadores, pues había perseguido a Jesús al perseguir tan cruelmente a los Suyos. Sincera y humildemente, se declara el peor de todos aquellos pecadores enumerados en los versículos 9 y 10. Pero Jesucristo vino a salvar precisamente a los culpables y no a los justos (Mateo 9:13). Y puesto que el primero de ellos pudo ser salvo, nadie puede considerarse demasiado pecador para no beneficiarse de la gracia.

Fui recibido a misericordia,

exclama el apóstol dos veces (v. 13, 16). Mide la grandeza de esa misericordia con la magnitud de su propia miseria, y espontáneamente la adoración se eleva de su corazón (v. 17).

Si a menudo gozamos tan poco de la gracia, tal vez sea porque nuestra convicción de pecado no ha sido suficientemente profunda. “Aquel a quien se le perdona poco” –o por lo menos, el que lo piensa así– “poco ama” (Lucas 7:47). Amigo aún indiferente, hasta ahora la paciencia del Señor se ha ejercido también hacia usted. No le haga esperar más tiempo. Tal vez mañana sea demasiado tarde.