Capítulo 1
Una mala iniciativa – Un feliz regreso
Como un rayo de luz después de las sombrías páginas del libro de los Jueces, Dios nos presenta la historia de Rut. Este hermoso relato nos enseña que la fe personal puede existir en todos los tiempos y en todos los pueblos, y que Dios siempre está pronto a hacer grandes cosas para responder a esa fe.
En el tiempo en que los jueces ejercían sus funciones, un hombre, Elimelec, hizo como cada uno de los israelitas “lo que bien le parecía”. Dejó la herencia del Señor y fue a establecerse con los suyos en los campos de Moab, es decir, en medio de los enemigos de su pueblo. No se gana nada con alejarse de Dios. ¿Qué resultó de aquella decisión para esa familia? ¡La muerte, las lágrimas, la miseria y la amargura!
Y ahora Noemi, viuda, y sus dos nueras, viudas también, se hallan camino de vuelta. ¿Triste regreso? Sí, pero feliz retorno para quien, habiendo agotado sus recursos, vuelve hacia Dios sus pensamientos y sus pasos. Así, el hijo pródigo, en el país lejano, al acordarse del lugar donde puede hallar pan en abundancia, se levanta y vuelve a la casa paterna (comp. el v. 6 con Lucas 15:17). Esto se llama conversión; lo sabe el lector. Pero, ¿ha hecho de ello su experiencia personal?
La elección de la fe de Rut
Orfa no vacila mucho tiempo. De un lado: la viudez, la pobreza en compañía de una mujer vieja y triste, en medio de un pueblo y un Dios desconocidos. Del otro: su propio pueblo, el afecto de los suyos, sus ídolos familiares. Sus lágrimas pronto secadas nos recuerdan a aquel joven rico que “se fue triste”, porque prefería sus riquezas, en lugar de seguir al Señor (Mateo 19:22). “Te seguiré adondequiera que vayas” dijo otro hombre a Jesús. Pero el Señor le previno:
El Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza
(Mateo 8:20; véase también Lucas 14:25 y sig.).
Rut, en cambio, lo ha pesado todo; ha calculado los gastos. Su decisión es irrevocable, pues es la elección de la fe. Se ha apegado a Noemí, y ante todo, a su pueblo y a su Dios. Sin mirar atrás, ni dejarse detener por los temores en cuanto al porvenir, resuelve ir con su suegra y llega a Belén. Este nombre significa «casa del pan», el refugio por excelencia contra el hambre espiritual. Allí, con el permiso de Noemí, sale a buscar su sustento y Dios, con mano segura, la conduce a los campos de Booz, el hombre preparado por Él mismo para darle consuelo y reposo.
