Nuevo Testamento
Reunidos hacia el nombre de Jesús
Como lo notará cualquier lector atento, el evangelio según Mateo nos presenta al Señor Jesús como el rey que viene a su pueblo, Israel, para establecer su reino. En su genealogía se pone énfasis en que es hijo del rey David y el cap. 2 nos describe la adoración que los magos de Oriente tributan al rey.
El reino se llama aquí “reino de los cielos”, porque, aunque estaba en la tierra, había de ser gobernado por principios o normas celestiales.
En el cap. 4:17-25 tenemos la vigorosa predicación del Señor: “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado”. Y cuando, a raíz de sus milagros, le siguieron muchas gentes, el Señor estableció en el sermón del monte (cap.5, 6 y 7) la ley fundamental, los fueros o principios del reino o, mejor dicho, aun, el carácter de los que iban a participar de él. Pero semejantes principios estaban en contradicción con los orgullosos pensamientos de los judíos, y los capítulos 8 al 12 nos relatan el rechazamiento del Señor por parte del pueblo. En el capítulo 13 se fija la nueva característica del reino: es un Estado cuyo rey está ausente, en el cual se siembra cizaña entre el trigo, y la harina queda leudada por la levadura (compárese 1 Corintios 5:6-8), pero que no queda limitado a los judíos, pues, “el campo es el mundo”. El cap.16 nos revela luego la cosa completamente nueva que ha de surgir: la Iglesia o Asamblea que debe ser edificada por Cristo.
Se trata de un punto importante. Pedro no sólo confiesa al Señor como el Hijo de Dios, sino como “el Hijo del Dios viviente”, del cual procede yen quien reside la vida y el poder vivificador. Cristo, quien por su resurrección rompió las puertas del Hades y por ello fue declarado Hijo de Dios con potencia, edifica la Asamblea del Dios viviente (1 Timoteo 3:15) y, por cierto, sobre sí mismo, como Hijo del Dios viviente. Aquí se introduce un estado de cosas completamente nuevo. Ello no significa que Israel sea definitivamente rechazado. El cap.17 nos enseña que el Hijo del hombre establecerá un día su reino en gloria. Pero, por de pronto, la Asamblea ha ocupado el sitio de Israel como testimonio de Dios en la tierra.
Es lo que desarrolla el cap.18. La decisión en cuestiones de disciplina ya no está en manos de la sinagoga (Juan 9:22, 34) sino en las de la Asamblea. Y la autoridad de ésta se basa en el hecho de que está congregada al nombre de Jesús y que Él mismo está en medio de ella. Se ve claramente que el Señor habla aquí del tiempo posterior a su ascensión. Vimos en el cap.16 que la Asamblea no existía todavía, sino que debía ser edificada, primeramente. 1 Corintios 12:13 y otros pasajes nos enseñan que el Señor comenzó a edificar la Asamblea el día de Pentecostés (Hechos 2).
Mateo 18:20 es el único pasaje del Nuevo Testamento en el cual el Señor promete estar en medio de los suyos. Es verdad que ya de antiguo había prometido estar con cada creyente, pero esto es totalmente distinto. Aquí quiere estar como uno de ellos en medio de sus discípulos, tal como lo dijo proféticamente en el (Salmo 22:22): “En medio de la congregación te alabaré”. Por tanto, se establece aquí, como condición previa para su presencia, que estén congregados en su nombrea. Promete a sus discípulos que se reúnen en asamblea, que estará en medio de ellos si están congregados hacia su nombre.
Como este texto se interpreta muchas veces de modo erróneo, acaso sea bueno subrayar la exactitud de lo susodicho. Para ello debemos tener presente que sólo podemos comprender el verdadero significado de un versículo cuando lo leemos en su contexto. Un texto sacado del contexto no demuestra nada: es un pretexto. De otro modo podrías «demostrar» todo cuanto uno quisiera, lo que, por desgracia, ocurre a menudo.
En todo este cap.18, el Señor nos enseña que hemos de obrar con un espíritu de humildad y de gracia. A partir del versículo 15 aplica esto para el caso de que un hermano pecare contra mí. Pero, si fracaso en mi intento de reconciliación, ¿qué debo hacer? ¿A quién me dirigiré? Hay, sin embargo, una instancia a la cual puedo recurrir: es la Asamblea o Iglesiab que el Señor Jesucristo edifica sobre sí mismo; ella tiene autoridad para decidir en todas las cuestiones y litigios que puedan surgir entre creyentes. Si ella falla, ligando o desligando en la tierra, esto se reconoce en el cielo; y, si obra con dependencia y gracia, el Padre que está en los cielos le dará lo que pide. Y para que esto sea claro y comprensible a los discípulos sobre quienes descansa tal promesa, añade el Señor: “Porque donde dos o tres están congregados en (hacia) mi nombre, allí estoy en medio de ellos”. Si la Asamblea está congregada en el nombre de Jesús, Él está en medio de ellos, y la decisión de aquélla está revestida de Su autoridad (véase 1 Corintios 5:4-5). Si dos o más creyentes radicados en distintos lugares acordaran pedir cierta cosa en una hora determinada, el v.19 no puede aplicarse a ellos. Por supuesto que Dios, quien oye las oraciones y súplicas de cada creyente, las escuchará también. Pero esto no tiene nada que ver con este versículo. Y si dos o más creyentes deciden reunirse con un fin espiritual –sea para culto, evangelización, oración o cualquier otra reunión– esto, sin más ni más, tampoco es una congregación en medio de la cual está Jesús. Para que su presencia sea un hecho real, es imprescindible que la Asamblea esté congregada al nombre de Jesús, hacia Él. Sólo de este modo da el Señor la promesa de que Él estará en medio de los suyos.
Tenemos, pues, dos condiciones previas:
Que se reúna la Asamblea o Iglesia. En el v. 17 no se dice «una», sino «la» Asamblea. No hay más que una Asamblea: la del Dios viviente (1 Timoteo 3:15). El conjunto de los verdaderos creyentes que viven en determinado lugar son la expresión local de la unidad de la Asamblea, de aquella Asamblea que es una. Por eso el apóstol Pablo escribe a “la iglesia de los tesalonicenses”, a la “iglesia de Dios que está en Corinto”, etc.
La Escritura desconoce por completo la existencia de dos o más iglesias (fuera de sus expresiones locales); sólo hay un cuerpo de Cristo. Por lo tanto, la condición imprescindible para la presencia del Señor en medio de los dos o tres, es que éstos estén reunidos (por obra del Espíritu) sobre la base de la unidad de la Asamblea. Es muy posible que no acudan todos cuantos pertenecen realmente a la Asamblea; unos pueden estar débiles, postrados por la enfermedad o impedidos por otras causas. Muchos pueden quedarse fuera por reunirse sobre otro fundamento distinto del de la unidad de la Asamblea, pues les parece que dicho fundamento es demasiado amplio y, además de eso, ponen aun otras condiciones para la feligresía de «sus» iglesias, requisitos que no tienen base alguna en la Palabra de Dios. Pero los “dos o tres” están congregados en el lugar en el cual todos los verdaderos creyentes tendrían que estar. Y, si su corazón puede estar entristecido de que «hayan venido pocos», con los ojos de la fe les contemplan a todos como miembros del mismo y único cuerpo de Cristo. Están, pues, congregados como la Asamblea.
La segunda condición es que estén reunidos al nombre de Jesús. Su nombre ha de ser el único centro de reunión, la única cosa que les caracterice. Están congrega-dos en o hacia (griego Eis) este nombre. Dicho nombre es, por así decirlo, el huésped, el que invita. Mas esto significa que todo cuanto sea hecho ha de serlo en consonancia con aquel nombre de Jesucristo; que, por lo tanto, no sean los congregados quienes determinen cómo ha de desarrollarse la reunión, cuáles serán las reuniones que han de verificarse, cómo ha de ofrecerse culto; en una palabra, cómo deberá arreglarse todo cuanto tenga relación con la vida espiritual de la congregación. El Señor Jesucristo lo ordenará todo y a los dos o tres reunidos hacia su nombre sólo les quedará preguntar: «¿Qué quieres, Señor, que hagamos?» De-ben escudriñar cuidadosamente su preciosa Palabra y tratar –por su gracia– de llevar a la práctica sus “estatutos y derechos” (Deuteronomio 12), absteniéndose de toda crítica y, sobre todo, de plasmar sus propios pensamientos en la revelación divina.
“Por lo cual, desechando toda inmundicia y abundancia de malicia, recibid con mansedumbre la palabra implantada… Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos” (Santiago 1:21-22).
En consonancia con las Escrituras, podemos afirmar que, cuando hay creyentes reunidos de este modo –aunque sólo sean “dos o tres”, como si fuesen más– están congregados hacia el nombre de Jesús y Él está en medio de ellos. ¡Qué sitio más bendecido y qué privilegio ser así los invitados del Señor Jesucristo! Pero también ¡qué responsabilidad para cada creyente respecto a lo que hace! O bien ocupa aquel sitio cerca del Señor o bien escoge otro por su propia cuenta, donde habrá tal vez mucha gente, e incluso piadosos hijos de Dios, pero donde el Señor Jesucristo no está.
Este versículo de Mateo 18:20 ¿no nos recuerda inmediatamente aquel “lugar que Jehová vuestro Dios escogiere para hacer habitar en él su nombre”? (Deuteronomio 12). Aquí también encontramos “el nombre” como lugar de reunión. El Hijo del Dios viviente, quien transforma a pecadores muertos en sus delitos y corrupción en piedras vivas y luego se vale de ellas para edificar su Asamblea (Mateo 16:18; 1 Pedro 2:4 y 5), quiere que su Asamblea se congregue en su nombre y vincula a ello su presencia en medio de sus redimidos.
Aquí tenemos nuevamente un solo y mismo lugar de reunión para todos cuantos pertenecemos a nuestro Señor y Salvador Jesucristo.
Adorar en espíritu y en verdad
Al cotejar Mateo 18:20 con el cap.12 del Deuteronomio puede uno preguntarse si en ambos casos se alude al mismo lugar. En el Deuteronomio se menciona un sitio geográficamente determinado, esto es, Jerusalén, según lo vimos al tratar dicho pasaje. ¿Sería también el caso de Mateo 18:20? Juan 4:20-26 nos da la contestación.
Por la palabra con la cual el Señor puso al descubierto el estado moral de la mujer samaritana, vio esta que Él era profeta. Por consiguiente, le pregunta acerca de la gran cuestión pendiente entre judíos y samaritanos: ¿Cuál de los dos –el monte de Sion o el monte Gerizim– es el lugar preciso para adorar a Dios? A su favor, ella puede alegar la tradición o costumbre ancestral: “Nuestros padres adoraron en este monte…”. Como es natural, el Señor contesta su pregunta de acuerdo con la Palabra de Dios: Jerusalén es “el lugar”.
Mas, partiendo del culto prescripto en el Antiguo Testamento, demuestra que, por su venida a la tierra, todo ha cambiado. Ahora que Israel le ha rechazado y ha perdido por ello el cumplimiento presente de las promesas de bendiciones terrenales, el Señor extiende su campo de acción a todo el mundo (Mateo 13:38), de donde recoge su Iglesia o Asamblea (Mateo 16:18). Esta no tiene bendiciones terrenales (o materiales) sino espirituales, ya que es un cuerpo celestial y espiritual por estar fundada sobre Jesucristo muerto en la tierra, más luego resucitado y glorificado, y en la cual mora Dios, Espíritu Santo (1 Corintios 3:16). Al pertenecer a su Iglesia, los creyentes ya no conocemos a Dios solo como Señor (Jehová), sino como el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, quien vino a ser también nuestro Dios y Padre, y tenemos un espíritu de adopción por el cual clamamos “iAbba, Padre!” (Efesios 1:17; 3:14; Juan 20:17 y Romanos 8:15).
Por lo tanto, nuestra adoración debe llevar un sello completamente distinto: hemos de adorar al Padre en espíritu y en verdad.
“En espíritu” indica en qué consiste esta diferencia. Ya no se trata de un culto terrenal, es decir, acomodado a los pensamientos naturales de un hombre en la tierra, un lugar geográficamente determinado, un templo edificado con los más preciosos materiales que se hallen en la tierra, un culto en el cual el hombre puede ofrecer lo mejor y lo más sublime que posee con magnífica música y vestiduras preciosas; en una palabra, un culto en el cual el hombre terrenal se allega a Dios como si sus pensamientos fuesen de la misma índole. De ahora en adelante, los verdaderos adoradores tendrán que acercarse a Dios plenamente conscientes de su verdadera naturaleza. “Dios es Espíritu” y el verdadero adorador, por la nueva vida espiritual que ha recibido al efectuarse su nuevo nacimiento (Juan 3:5-8), está capacitado para allegarse a Dios, ya no con cosas exteriores –que a lo sumo son figuras de las celestiales (Hebreos 9:23)– sino de un modo espiritual.
“En verdad” quiere decir conforme a lo que Dios nos ha revelado de sí mismo. Ya no se trata, pues, de la relación del israelita con Jehová, el Dios del pacto, según la cual aquél se allegaba “al monte que se podía palpar, y que ardía en fuego, a la oscuridad, a las tinieblas y a la tempestad, al sonido de la trompeta, y a la voz que hablaba, la cual los que la oyeron rogaron que no se les hablase más…” (Hebreos 12:18-21), sino de la relación en la que un hijo está con su padre: “El Padre tales adoradores busca que le adoren…” (Juan 4:23; Romanos 8:15; 1 Juan 3:1).
El pasaje de Hebreos 13:10-16 pone también de relieve este cambio. Toda la epístola trata de la diferencia y de las relaciones entre la ley (y el culto ligado a ella) y la persona del Señor Jesús como contenido y centro del culto cristiano. Resulta, por lo tanto, que en cada capítulo to antiguo –que a lo sumo es una figura terrenal del Señor celestial y de su servicio– desaparece y solo queda el Señor Jesucristo, según to vemos al final de la epístola: “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos” (13:8).
De allí que, en el cap. 13:10, de cuanto precede se saca la siguiente conclusión: los que sirven al tabernáculo –servicio en el cual dm no estaba descubierto el camino hasta Dios (cap. 9:8)– no tienen facultad para comer del altar cristiano, del cual solo pueden comer los que tienen “libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo” (cap.10:19). Quien quiere estar y permanecer con Jesús –condición natural de cada creyente– debe, o bien estar actualmente en el cielo (véase cap.9:12), o bien salir “fuera del campamento”, esto es, fuera del conjunto de la cristiandad nominal, cuyo culto lleva la característica de lo terrenal. En el cap.13:12 no cabe la menor duda de que, para los creyentes judíos a quienes iba dirigida la epístola, “el campamento” era Jerusalén, la ciudad que en la antigua economía era “el lugar que escogió Jehová para hacer morar allí su nombre”. Cristo es ahora el centro alrededor del cual todos los suyos hemos de reunirnos, alejados de cualquier culto celebrado con el espíritu del Antiguo Testamento.
En Hebreos 13:10, el Espíritu Santo alude a la porción de la ofrenda que, como expiación y presente, solo podía ser comida por el sacerdote y, eventualmente, por su familia, pero que, por ser “sacrificio de paz”, podía ser comida por cada israelita limpio (Levítico 6:8 al 7:38). Una parte de aquel sacrificio de paz estaba reservada para Dios y se la llama “la vianda (o el pan) de ofrenda a Jehová” (Levítico 3:11). Lo sobrante era para aquel que ofrecía el sacrificio y para el sacerdote, e incluso para cada israelita que estaba limpio. Y el altar sobre el cual se presentaba la ofrenda se llama “la Mesa de Jehová” (Malaquías 1:7-14).
Como sabemos, al altar cristiano se le llama asimismo “la Mesa del Señor” (1 Corintios 10:21); y no es cosa arbitraria; en todo el Antiguo Testamento no hay figura que tenga más consonancia con la Cena del Señor –tal como la tenemos en 1 Corintios 10– que el sacrificio de paz y el holocausto vinculado con él (Éxodo 29:19-33 y Levítico 8:31).
En 1 Corintios 11 tenemos la Cena del Señor en su primer aspecto o significado que reveló el mismo Jesús: una comida sencilla en memoria del Salvador muerto: “Haced esto en memoria de mí…”. Por eso, en este pasaje todo es personal y el énfasis se pone sobre el estado individual y la responsabilidad de cada uno.
Pero sólo se trata allí de un aspecto parcial; 1 Corintios 10:16-22 nos presenta un lado completamente distinto de la Mesa del Señor. Allí vemos a Cristo sobre el altar, como Salvador muerto, y al que ofrece el sacrificio nutriéndose del Señor y teniendo con ello no sólo plena comunión con Dios sino con todos los que le adoran allí en espíritu y en verdad. Aquí –y solamente aquí– se menciona la sangre en primer lugar, para demostrar que la obra consumada para la expiación y reconciliación es la única base sobre la cual puede existir dicha comunión. Mas luego, la comunión se pone también en primer plano, y todo cuanto es personal desaparece. En el v.16 vemos que, al beber de la copa, tenemos comunión con la sangre de Cristo. No sólo la tengo yo, sino «nosotros», es decir, todos los creyentes. Y lo mismo acontece con el pan; es la copa que bendecimos y el pan que partimos todos. El conjunto de los creyentes que participan de la Cena del Señor tienen comunión con la sangre y el cuerpo de Cristo y, teniéndola todos, tienen asimismo comunión entre ellos. El (v.17) vuelve a hacerlo constar expresamente: “Porque habiendo un solo pan, nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo; porque todos participamos de aquel pan, que es uno solo” (V. M.).
Cuando, pues, celebramos en común la Cena del Señor, expresamos claramente por medio de este acto que tenemos comunión con la sangre y el cuerpo del Señor y que venimos a integrar, con todos los creyentes nacidos del Espíritu (1 Corintios 12:13), un solo pan, un solo cuerpo místico de Cristo.
En 1 Corintios 10:18-22 vemos que cabe la posibilidad de mezclar o, mejor dicho, de vincular estas cosas santas con otras inmundas. Por medio de los altares judaicos y paganos, demuestra el Espíritu Santo que los que participan de los sacrificios, al comerlos tienen comunión con el correspondiente altar e incluso con Aquel a quien se ofrecen los sacrificios. Y añade esta seria amonestación: “No podéis beber la copa del Señor y la copa de los demonios; no podéis ser partícipes de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios. ¿O provocaremos a celo al Señor? ¿Somos más fuertes que él”?
¡Serias y solemnes palabras que deben infundirnos un santo temor y que asimismo nos hacen comprender cuánta importancia tiene para el Señor la santidad de su Mesa!
En esta parte hemos visto, pues, que la Cena del Señor ha de celebrarse estando conscientes de que somos una sola cosa con todos los creyentes e, incluso, que, cuando participamos de la copa y del pan, manifestamos claramente que todos juntos formamos el cuerpo de Cristo y que la Cena debe verificarse a la Mesa del Señor estando separados de todo cuanto no esté en consonancia con ella. Aquella Asamblea o Iglesia –que es una– y que se reúne alrededor de la Mesa del Señor ¿no es idéntica a lo que encontramos en Mateo 18: 20? Congréguense aquí también los creyentes –sobre la base de la unidad del cuerpo de Cristo– a la Mesa del Señor, a la cual, por lo tanto, Él es quien invita y quien decide quiénes pueden tomar asiento allí y cómo deben transcurrir las cosas, y en la cual Él mismo es el centro y el tema del corazón de sus redimidos. Hay, pues, un solo lugar de reunión para la Iglesia, y no sólo cuando celebra la Cena (1 Corintios 10:16-22 y 11:18-20), sino también cuando se congrega para el ministerio de la Palabra de Dios (1 Corintios 14:23).
Reunirse en tiempos de ruina y apostasía
La Iglesia, considerada como la casa de Dios en la tierra, está siendo edificada por el Señor Jesucristo con “piedras vivas” (Mateo 16:18; 1 Pedro 2:4-7) y no tiene, por lo tanto, defecto alguno. ¿Cómo podría salir un edificio imperfecto de las manos del divino arquitecto?
Sin embargo, en 1 Corintios 3:9-17, donde se habla también de la casa de Dios, no vemos al Señor como arquitecto, sino al apóstol Pablo. Él, como perito arquitecto, ha puesto el fundamento, y no existe otra cosa mejor; pero otros han de edificar después de él y han de mirar cómo sobreedifican. Tratase aquí de la casa de Dios confiada a la responsabilidad humana, a los hombres, quienes han de dar cuenta de su trabajo y cuya obra ha de ser probada por el fuego, el crisol divino. El resultado de semejante modo de edificar lo vemos en la cristiandad: se ha levantado un edificio construido no sólo de “piedras vivas” (creyentes nacidos del Espíritu Santo) sino, en su mayor parte, de material poco estable y perecedero (cristianos nominales o falsos creyentes). Los edificadores atacaron el fundamento y lo pervirtieron. Como siempre, ¡el hombre ha fallado también en esto, echando a perder lo que Dios le confió!a
Por eso el Espíritu Santo amonestaba ya por medio del apóstol: “cada uno mire cómo sobreedifica”. Pablo, como sabio arquitecto, puso el único fundamento: Jesucristo. Mas luego han de venir otros para edificar sobre este cimiento; y esto puede hacerse de tres maneras:
Con buen material: “Oro, plata, piedras preciosas”, materiales que resisten la prueba del fuego. El obrero que edifica con éstos debe recibir recompensa.
Asimismo se puede «construir» con material inútil y perecedero: “madera, heno, hojarasca”. Cuando la prueba lo haga pasto de las llamas y lo edificado sea destruido, el obrero no recibirá recompensa alguna; sin embargo, él mismo será salvo, “aunque, así como por fuego”. Su servicio o ministerio habrá sido inútil y él estará con las manos vacías en la santa presencia de Dios.
Muchísimo peor es el tercer modo de construir, ya que con él se atacan los mismos cimientos de la obra, pervirtiéndola toda (aun la parte buena que había sido incluida). Ciérnase el tremendo juicio de Dios sobre estos «edificadores»: “Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios el cual sois vosotros, santo es”.
En la primera epístola a Timoteo podemos todavía contemplar la casa de Dios en su gloria primitiva, tal como era construida por el apóstol Pablo y otros fieles edificadores. Aunque está rodeada de peligros y se anuncia de modo profético la apostasía venidera (1 Timoteo 4:1), es llamada todavía “columna y baluarte de la verdad” y en dicha epístola se dan instrucciones para que el creyente sepa cómo conducirse en la casa de Dios (cap.3:15).
En cambio, en la segunda carta a Timoteo –última escrita por el apóstol de los gentiles– el estado de las cosas ha variado radicalmente. Dios admite allí que el mal se estaba desarrollando hasta tal punto que era preciso dar instrucciones sobre la forma en que el creyente debía comportarse individualmente en tales circunstancias. En efecto, ya se encuentran aquí los perversos obreros mencionados en 1 Corintios 3 (2 Timoteo 2:16-18). Cristianos nominales habían logrado introducirse en la casa de Dios (cap.3:5); todos los que estaban en Asia habían vuelto las espaldas al mismo apóstol que les había predicado el Evangelio (cap. 1:15) y, en su primera defensa como preso, nadie le había ayudado; antes bien le desampararon todos (cap. 4:16).
En (Hechos 2:42-47) tenemos un hermoso cuadro de la Iglesia naciente, donde “todos los que habían creído estaban juntos”, y en el cap.5:13 vemos cómo ningún inconverso osaba juntarse con ellos. Todos sabían si alguien era creyente o no; cada uno que profesaba creer era entonces un cristiano de verdad. Cuando escribió Pablo su segunda carta a Timoteo, ya no era así. El creyente que vive en medio de esta ruina espiritual ¿cómo puede discernir quién pertenece de verdad al Señor y quién sólo en apariencia?
La respuesta de Dios es la siguiente: “Conoce el Señor a los que son suyos” (2 Timoteo 2:19-23). El hombre no los conoce a todos; es incapaz de averiguar entre los millones de profesantes quiénes de verdad han nacido de nuevo. Pero tampoco es necesario; esto puede dejarse a Aquel cuya mirada escudriña los corazones y las entrañas. ¡De cuánta quietud y consuelo nos llena este pensamiento! Si, de los que son llamados cristianos, yo no sé cuáles lo son de verdad, en cambio no hay incertidumbre alguna en el Señor: Él no se olvida de ninguno de los que somos suyos.
Pero esto no significa que todo pueda desenvolverse ahora como si nada hubiese cambiado. La ruina de la Iglesia profesante es un hecho concreto que no podemos negar y, por lo tanto, hemos de actuar en consecuencia. Mas, si puedo y debo dejar que Dios juzgue cuáles de todos los cristianos profesantes le pertenecen o no, el Espíritu sigue diciéndome: “Apártese de iniquidad (o injusticia) todo aquel que invoca el nombre de Cristo” (2Timoteo 2:19).
Los versículos siguientes ilustran este mandamiento. Compárese la casa de Dios, en ruinas en la tierra, con una casa grande en la que no solamente hay vasos de oro y de plata, sino también de madera y de barro: unos son para honra de Dios y otros para deshonra. Es evidente que no puedo salir de aquella “casa grande” –la cristiandad o con-junto de cuantos decimos ser cristianos– porque tendría que renegar del cristianismo, haciéndome judío o pagano. Más en dicha casa he de limpiarme de estos vasos para deshonra, para que pueda ser “instrumento para honra, santificado (o sea, apartado para Dios), útil al Señor, y dispuesto para toda obra buena”.
¡Fijémonos bien que no está escrito: «Los cristianos nominales o que sólo lo son de nombre, son vasos para deshonra y los creyentes son vasos para honra»! Es cierto que existen vasos de oro y de barro, más la única norma de criterio para saber si soy vaso para honra es la siguiente: “Si alguno se limpiare de éstos” (V.M.)b
En 2 Timoteo 2, no se trata de la antítesis, creyentes–incrédulos, sino de la oposición entre fieles siervos de Dios y siervos infieles. Véase el versículo 2 (“hombres fieles”), el versículo 3 (“buen soldado”) y 4-6, 11-13, 15-18, etc. Tampoco se dice en los v.16-18 que Himeneo y Fileto o que cuantos se habían contaminado con ellos fueran incrédulos, pero sí que su servicio corrompía a las almas y que, por lo tanto, eran siervos infieles, habiendo hecho “naufragio en la fe”, esto es, habían rechazado o abandonado las verdades fundamentales del cristianismo. Tampoco en los v.20 al 26 se trata de una antítesis entre creyentes y no creyentes, sino entre testigos fieles e infieles, entre vasos para honra y vasos para deshonra.
No se trata de la clase de metal que forma un vaso, pero sí del uso que se puede hacer del mismo: si es para honra o no. Y un recipiente que no esté limpio no puede ser “para honra”. Supongamos que tenga usted un vaso de oro o de plata que esté manchado o que haya estado tirado en la basura; si usted no lo limpia cuidadosamente ¡no será por cierto para honra de usted ni de su casa! Y estoy seguro de que, por muchos quilates que tenga aquel vaso, no lo colocaría usted en semejante estado en su sala. Un vaso para honra es aquel que ha sido previamente limpiado. No se trata aquí, pues, de la obra del Espíritu Santo en un pecador, sino de la responsabilidad individual de cada cristiano: “Si alguno se limpiare de éstos”, será un fiel siervo que podrá honrar el nombre de su Señor; será verdaderamente un vaso para honra.
Si entre aquellos vasos que no se limpian hay creyentes o no, es una cuestión acerca de la cual no he de preocuparme. Dios es quien ha de juzgarlo, pues “conoce el Señor a los que son suyos”. Podemos estar convencidos de que hay muchos creyentes entre aquellos “vasos para deshonra” y, por lo tanto, dar gracias al Señor de que sean creyentes, lamentándonos, por otra parte, de que permanezcan en contacto con los vasos para deshonra, convirtiéndose también por ello en vasos para deshonra. Dios podrá usarlos seguramente para diversas buenas obras, pero, según el v.21, sólo los que se han limpiado de los vasos para deshonra son aparejados para toda buena obra.
Nótese que la purificación exterior se menciona en primer lugar y sólo después la interior.
Somos propensos a pensar lo siguiente: «Si estamos interiormente separados del mal, no importa tanto la separación exterior». Sin embargo, vemos cómo Dios presenta la purificación exterior en primer lugar.
Si lo pensamos, nos convenceremos de la exactitud de dicha afirmación: si no obedecemos con respecto a la purificación exterior en primer lugar, ¿cómo podremos limpiarnos luego interiormente? ¡Y más difícil es mantenerse limpio por dentro en un ambiente impuro, y menos aún limpiarnos allí! “Huye también de las pasiones juveniles”. Es cosa terrible estar limpio por fuera e impuro por dentro, a semejanza de aquellos “sepulcros blanqueados” mencionados por el Señor (Mateo 23:27-28). ¡Es una verdadera hipocresía!
Mas después de la purificación viene el lado positivo: “sigue la justicia, la fe (o fidelidad), el amor y la paz con los que de corazón limpio invocan al Señor” (v.22). Son cosas sublimes a las cuales la Palabra de Dios nos exhorta a aspirar, o literalmente a «correr tras ellas», por ser frutos del Espíritu Santo.
Al entrar en aquella senda angosta de la separación del mal (por obediencia al Señor) no debemos permanecer solitarios, sino recorrerla con los que invocan al Señor con corazón puro, buscándoles solícitamente. ¿Quiénes son? Lo entenderemos fácilmente leyendo nuevamente los versículos anteriores: son “instrumentos para honra” que se han limpiado exteriormente de los «vasos para deshonra» y que se han purificado asimismo interiormente.
Aquí somos llamados a enjuiciar las cosas, a formarnos un criterio. Quien no posea la vida que mana de Dios, ¿cómo podrá ser “dispuesto para toda obra buena”? Y mucho menos podrá un incrédulo ser limpiado exterior e interiormente. Por lo tanto, y según eso, hemos de poder juzgar si alguno ha nacido verdaderamente de nuevo y posee aquella vida en abundancia que sólo fluye de Dios.
No faltan cristianos que niegan el hecho de que podamos hacerlo; pero ¿prescribiría Dios algo a sus hijos que ellos no pudieran llevarlo a cabo? ¿Nos atreveríamos a sostenerlo? Es evidente que no. El hecho de poseer una vida nueva en Cristo y de tener el entendimiento alumbrado por el Espíritu Santo nos capacita para discernir, con seguridad, dónde hay vida y dónde impera la muerte espiritual. La profesión de fe o afirmación de ser cristiano no basta, ni prueba nada en estos tiempos de ruina espiritual. En semejante circunstancia hace falta probar sus derechos a un título; así, en tiempos de Esdras, los sacerdotes cuyos nombres no fueron hallados en el registro de genealogías “fueron excluidos del sacerdocio” (Esdras 2:62). “Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras” (Santiago 2:18). Si a la afirmación de ser creyente en Cristo y en las verdades fundamentales de su Palabra se une una conducta que produce como fruto las obras de la fe –siendo éstas examinadas por creyentes experimentados– puede concluirse con seguridad que en tales casos hay una vida espiritual que mana de Dios. Y si, por flaqueza, no pudiera verse o manifestarse, “conoce el Señor a los que son suyos”. No tenemos entonces derecho a fallar si la persona en cuestión es un hijo de Dios o no, mas no podemos considerarla o tratarla como si fuera un vaso para honra (véase Esdras 2:59-63).
Separados así de todo cuanto es impuro, de toda iniquidad o injusticia hecha a Cristo y a su Palabra, y unidos a todos los que invocan al Señor con corazón puro, podemos cumplir los mandamientos del Señor al ser aparejados para toda obra buena y útiles para que Él nos use conforme a su soberana voluntad.
Al llegar a este punto no faltarán quienes pregunten: habiendo obrado así por obediencia al Señor, ¿cuáles serán nuestros privilegios y bendiciones? Podemos resumirlos como sigue:
Tenemos el firme “fundamento de Dios”, Cristo Jesús, la piedra angular sobre la cual, como piedras vivas, somos juntamente edificados (2Timoteo 2:19; 1 Pedro 2:5).
Hemos salido “hacia Cristo” fuera del campamento de las denominaciones o sectas, teniendo, pues, su santo nombre como único centro en el cual el Espíritu Santo nos congrega (Hebreos 13:13).
Como estamos reunidos “hacia su nombre” por el Espíritu, podemos gozar así de su gloriosa presencia en medio de nosotros, aunque sólo seamos “dos o tres”, pues Cristo lo prometió así (Mateo 18:20).
Tenemos la presencia del Espíritu Santo (una Persona de la deidad, y no una mera influencia o poder) obrando libremente en medio de nosotros a través de los dones que repartió a cada uno, según la promesa del mismo Señor Jesús (Juan 14:16-17; 1 Corintios 12:7-11).
Podemos volver a lo que era desde el principio: “Si lo que habéis oído desde el principio permanece en vosotros, también vosotros permaneceréis en el Hijo y en el Padre” (léase 1 Juan 1:2-7; 2:24 y 2Juan 5-6); siendo solícitos en guardar la unidad del Espíritu (Efesios 4:3, 13-16; 1 Corintios 12:12-13; Juan 17:20-23) que nos ha revelado el Espíritu Santo.
Podemos, sobre todo, proclamar dicha unidad en aquel “solo pan” alrededor de la Mesa del Señor (1 Corintios 10:17), anunciando su muerte hasta que venga (1 Corintios 11:26).
Volvemos a gozar de todos los dones y servicios, libremente desarrollados, sin trabas de ningún «clero», para perfección de los santos, para la obra del ministerio, para edificación del cuerpo de Cristo, según leemos en Efesios 4:8-13; Romanos 12:6-8; 1 Corintios 12:28; 14:26 y 40; 1 Pedro 4:10-11.
Tenemos la Palabra de Dios, aquella “palabra de su paciencia”, la cual hemos de guardar en su plenitud –sin negar su nombre (Apocalipsis 3:8-11)– y en la cual leemos esta magnífica promesa: “¡He aquí, yo vengo pronto; retén lo que tienes para que ninguno tome tu corona!” (Apocalipsis 3:11).
- a
Desgraciadamente, sobran ejemplos de ello en las Sagradas Escrituras: Adán y Eva desobedecieron la voluntad divina, siendo expulsados del Paraíso. Sus descendientes corrompieron la tierra; tras el diluvio, Noé se emborrachó, el pueblo de Israel murmuró en el desierto y más tarde apostató tras los ídolos.
- b
“De éstos” (Versión Moderna; Nuevo Pacto) y no “de estas cosas” como traduce Reina-Valera.
