Hacia cristo
Hacia cristo

¿Dónde y cómo deben reunirse los creyentes?

H.L. Heijkoop - 1987

La Sagrada Escritura responde: Donde están dos o tres congregados en mi nombre (hacia el nombre del Señor Jesús), allí estoy yo en medio de ellos.

Pedir en la tienda

Antiguo Testamento

Los israelitas en el desierto

Ante todo, una advertencia sobre el valor que tienen para nosotros las enseñanzas del Antiguo Testamento. En 2 Timoteo 3:16 leemos que “toda la Escritura es inspirada por Dios; y es útil para enseñar, para reprensión, para corrección, para instrucción en justicia” (V.M.). En 1 Corintios 10:11 vemos que todo cuanto acaeció a los israelitas en el desierto, les aconteció en figura y para nuestra admonición. Finalmente, Hebreos 9:23 nos enseña que las cosas visibles en el Antiguo Testamento son figuras de cosas celestiales y espirituales acerca de las cuales habla el Nuevo Testamento. En el Antiguo Testamento encontramos, pues, los pensamientos de Dios, acerca de cosas celestiales, expresados por medio de figuras materiales. Así, por ejemplo, los sacrificios de la antigua alianza son figuras de la Persona y de la obra del Señor Jesucristo; el tabernáculo y el templo –la casa de Dios en la tierra– son, para el ojo carnal, representaciones visibles de la espiritual casa de Dios, de la cual nos habla el Nuevo Testamento (1 Pedro 2:5; Efesios 2:20-22; 1 Corintios 3:16). En 1 Corintios 9:9 el apóstol nos demuestra que hasta las más sencillas prescripciones materiales tienen un significado espiritual. Consideremos, pues, el Antiguo Testamento a la luz de estos pasajes. 

En el Génesis no vemos el menor indicio de una reunión o congregación de creyentes. Allí sólo hay individuos que sirven a Dios y están rodeados de hombres impíos. Pero es notable que, tan pronto como Dios empieza a apartar un pueblo para sí, Él da a entender que quiere morar en medio de su pueblo y que éste tendrá que allegarse allí a ÉL Así, apenas situado en la tierra de Canaán, Abram edificó un altar en Bet-el (casa de Dios) “e invocó el nombre de Jehová” (Génesis 12:6-8). Aunque aquel lugar se llamaba “Luz” y sólo unos 162 años más tarde Jacob le dio el nombre de Bet-el, vemos que la Palabra de Dios lo llama así desde el principio. Tan pronto como Abram se aparta de Bet-el pasa hambre, fatigas y calamidades, las cuales desaparecen cuando regresa a Bet-el y al altar que había levantado allí.

En Génesis 28, Dios se manifiesta en aquel mismo lugar a Jacob, quien va camino de Harán. Allí nacerán sus hijos y así vendrán a formar el principio del pueblo. Y Dios le promete en Betel que será un pueblo numeroso. En el cap.35 vemos que Dios vuelve a traer a Jacob a este lugar y se manifiesta allí a él. 

Pero todo cuanto precede son meras indicaciones. Sólo a partir del cap.19 del Éxodo se empieza verdaderamente a tratar este tema. Es verdad que Moisés habla a Faraón de que el pueblo de Israel ha de ofrecer sacrificios en común; pero ellos no pueden ser ofrecidos en Egipto. En primer lugar, el cordero de la Pascua ha de ser inmolado (Éxodo 12), el pueblo ha de ser rescatado y debe romperse todo contacto con Egipto (cap.14). Pero luego, cuando Dios ha declarado que su pueblo es Israel, Él puede morar en medio de los israelitas y tener allí un lugar en el cual el pueblo se congregue en su presencia: “y harán un santuario para mí, y habitaré en medio de ellos…” (Éxodo 25:8). Los cap. 25 al 40 dan casi únicamente instrucciones y mandamientos en cuanto al tabernáculo y al culto relacionado con él. 

El tabernáculo se llama: 

  • Habitación (o morada): Éxodo 25:9 (V. M.). “Conforme a todo lo que yo te muestro, a saber, el diseño de la habitación, y el diseño de todos mis utensilios, así lo harás”.

  • Tabernáculo (o tienda) de reunión: Éxodo 29:42 (V. M.). “Éste será el holocausto perpetuo durante vuestras generaciones, el cual será ofrecido a la entrada del tabernáculo de reunión, en presencia de Jehová…”

  • Tabernáculo del Testimonio: (Números 17:7).

Estos nombres reflejan lo que significan. Es la casa de Dios (hemos visto que “tabernáculo” significa “habitación”, “morada”, en Éxodo 25:8-9), el lugar en el cual Dios moraba en medio de su pueblo. Pero en aquella habitación o morada el pueblo se reunía también en la presencia de Dios y asimismo dicha morada era el testimonio de Dios en la tierra. Allí se contemplaba a Dios en su santidad, pero también en su amor y su gracia.

A dicho lugar debían acudir todos los israelitas tres veces al año y traer allí lo más precioso de los primeros frutos de la tierra (Éxodo 34:23 y 26). Allí se ofrecían los sacrificios (Levítico cap. 1 a 7) y se consagraba a los sacerdotes (Levítico 8 y 9); hasta los animales que eran degollados para la comida del pueblo tenían que ser previamente presentados allí.

¿Habrá existido la menor duda acerca del lugar de reunión para el israelita que conocía la Palabra de Dios?

 ¡Cuánto gozo debe de haber sentido Dios al poseer un pueblo que había oído sus mandamientos y que, con el corazón dispuesto y el espíritu movido a liberalidad, venia para cumplir sus ordenanzas! (Éxodo 35). Dios no exigía nada de sus hijos, pues esperaba un sacrificio gozoso. Y ¡cuán magnífica era la respuesta del pueblo! No faltaba nadie. Todos acudían con el corazón dispuesto para ofrendar a Dios lo mejor que tenían; las mujeres se desprendían de sus atavíos y espejos (Éxodo 38:8); los hombres, de telas preciosas, oro y plata. Allí no había egoísmo o temor de ser menospreciado ante los hombres, ningún afán de lucro, ninguna ventaja material que pudiera, por un momento, impedirles que obraran en todo según los pensamientos de Dios. Todos, por cierto, no podían entregar igual cantidad; algunas mujeres, “sabias de corazón”, podían hacer más que otras, pero ¡todos acudían con un corazón dispuesto para traer lo que tenían! ¿No nos hace pensar esto en aquella primavera de la Iglesia tal como está descripta en Hechos 2:42 y 47?

Y ¿cuál fue la respuesta de Dios, en su bondad, a dicha disposición de espíritu? Tan pronto como hubieron levantado el tabernáculo según todo el designio de Dios, Él vino a morar en medio de su pueblo de un modo visible para todos (Éxodo 40); y desde su morada les hablaba, comunicándoles sus maravillosos pensamientos. 

Así el Señor les enseñó cómo podían allegarse a Él y tener comunión con Él al comer de la misma ofrenda (Levítico 3:11 y 7:19); cómo los hijos de Aarón habían de atender al servicio del Señor a la puerta del tabernáculo de reunión (Levítico 8:35) y cómo podían prestar ayuda en la obra de reconciliación (Levítico 9:9); cómo cada uno podía guardarse limpio (Levítico 11) y, si era inmundo, cómo podía ser limpio (Levítico 12 al 15). Dios les enseñó las fiestas que debían celebrar (Levítico 23) y les, dio ordenanzas según las cuales nadie podía perder, a la larga, su posesión (Levítico 25). Asignó a cada uno su lugar y su servicio en medio del pueblo, de tal modo que éste constituía un conjunto bien trabado entre sí, en el cual todo funcionaba con orden (Números 1 al 4). Y ¡cuántas sublimes cosas les reveló además en las siete semanas que median entre Éxodo 40:1 y Números 10:11! 

Desgraciadamente, el pueblo no permaneció mucho tiempo en esta buena disposición. Dios se lamenta en Amós 5:25-26 de que no le hayan ofrecido sacrificios en el desierto, sino que llevaran el tabernáculo de Moloc y Quiún, ídolos suyos. Olvidaron el único lugar en el cual tenían que reunirse y se fueron a otros sitios en los que Dios no estaba.

Los israelitas en el país Canaán

En el Deuteronomio encontramos nuevas enseñanzas. Al final de su marcha de cuarenta años a través del desierto, el pueblo ha llegado al Jordán para entrar en la tierra prometida. Dios les indica entonces cómo han de comportarse allí. 

Está muy clara la división de este libro: los 11 primeros capítulos echan una mirada retrospectiva sobre la historia del pueblo y la gracia que Dios manifestó hacia él; con el cap.12 empiezan los “estatutos y derechos” que debían observar en la tierra de Canaán, mientras que los capítulos finales (30 y siguientes) dan una visión profética del pueblo cuando sería expulsado del país a causa de su desobediencia.

Como ya lo dijimos, en los 11 primeros capítulos se echa una mirada retrospectiva acerca de la marcha en el desierto. No se trata simplemente de una mera repetición de lo que encontramos en el Éxodo y en Números. Ante todo, se pone de relieve que el amor y la fidelidad de Dios los precedió y que todas las fatigas, e incluso la larga peregrinación de 39 años a través de “aquel grande y terrible desierto” eran el resultado de su desobediencia. Si hubiesen obedecido los mandamientos del Señor, hubieran llegado al país en once jornadas a través del desierto (Deuteronomio 1:2). Esta sección finaliza con el cap. 11, en el cual se pone todavía mucho énfasis en que sólo la completa dependencia y obediencia a la Palabra de Dios puede mantenerlos en el disfrute de las bendiciones de la herencia que Dios iba a entregarles. 

Como sus corazones estaban, pues, dispuestos a escuchar, en los cap.12 al 29 Dios les presenta sus estatutos y derechos. Y, como siempre, el asunto primordial es, aquí también, la reunión o congregación del pueblo para el servicio divino, esto es, el culto. Iban a internarse en un país en el cual todo hablaba de idolatría, es decir, del servicio o culto a los demonios (véase 1 Corintios 10:20). El corazón humano es muy propenso a amoldarse a su ambiente; lo vemos en la historia posterior del pueblo de Israel y, desgraciadamente, también en la historia del cristianismo. Por lo tanto, desde un principio Dios les pone de manifiesto que su culto es incompatible con la idolatría, tanto en lo que se refiere al objeto como también a la manera de ejercer dicho culto.

Existen muchos demonios y, por lo tanto, los paganos adoran numerosos dioses en un sinfín de lugares: sobre los montes altos, sobre los collados y debajo de todo árbol frondoso. En cambio, la idea principal del Antiguo Testamento es ésta: “Jehová (el Señor), nuestro Dios, Jehová uno es” (Deuteronomio 6:4). Le conocían como el Dios creador, el Todopoderoso, y como Jehová. Por eso, no puede haber sino un solo lugar para adorar y una sola manera de hacerlo. No puede existir relación alguna con la idolatría. Ésta es la causa de que ponga mucho énfasis sobre esto en Deuteronomio 12:2-7, en todo el capítulo y, asimismo, en muchos otros pasajes de los capítulos siguientes. 

El único Dios, creador de los cielos y de la tierra, el Todopoderoso, Jehová, el Dios del pacto con Israel, exige para sí el derecho de determinar dónde y cómo su pueblo, que habita en su país, puede allegarse a Él. A ello se debe que en este cap. 12 se mencione seis veces “el lugar que Jehová vuestro Dios escogiere”, expresión que vuelve a aparecer tres veces en el cap.14, una vez en el 15, otras seis en el 16, dos veces en el cap.17 y sendas veces en los cap.18:26 y 31, o sea veintiuna veces en total. ¿No nos da esto una tremenda impresión de la soberanía de Dios, a la vez que del valor que Él atribuye al lugar en el cual se congrega su pueblo? 

Dios quiere que todos cuantos integran su pueblo sean prácticamente una cosa, tal como los considera siempre en las doce tortas del santuario (Levítico 24:5), en las dos piedras de ónice sobre las hombreras del efod y en las doce piedras engastadas sobre el pectoral del sumo pontífice (Éxodo 28:9- 21). Vemos más tarde esta misma unidad simbolizada por las doce piedras levantadas tras el paso del Jordán (Josué 4:1-10) y, en tiempo de Esdras, por los doce machos cabríos, ofrenda por el pecado a favor de todo Israel (cap. 6:17). Esa unidad práctica se forma por la posesión de un fin común, de un común objeto de adoración y por estar unidos por un mismo parecer (1 Corintios 1:10). El nombre de nuestro Dios posee un milagroso poder unificador. Satanás lo sabe y a nada teme tanto como a dicho poder, por lo cual no escatima ningún esfuerzo para deshacer aquella unidad. Por desgracia, muchos creyentes no reparan en esto. En cambio, el impío Jeroboam lo vio muy bien; sabía que el culto en común, relacionado con “el nombre del Señor” anularía de modo irrevocable la escisión o división de Israel en dos reinos. Por lo tanto, instituyó un culto alejado del lugar que el Señor había escogido para hacer morar allí su nombre (1 Reyes 12). 

En Deuteronomio 12, todo tiende a fortalecer y realizar aquella unidad del pueblo. Dios conocía cuál era la riqueza de la herencia que quería entregar a su pueblo, y esperaba que, con corazón agradecido, sus hijos le devolvieran algo de esta riqueza. Por eso se mencionan aquí tantas ofrendas voluntarias; sólo los diezmos y las primicias eran obligatorias.

 Dios quiere que todo cuanto se le consagre con buena voluntad, agradecimiento y obediencia, sea traído al lugar donde Él está presente. Casi desea recibirlo personalmente de sus manos y disfrutarlo en comunión con ellos: una parte de la ofrenda como su “vianda” –o pan– (Levítico 3:11, 16) y lo restante para su pueblo con sus hijos e hijas, siervos, siervas y levitas, con un corazón alegre delante de Su faz: “Delante de Jehová tu Dios las comerás, en el lugar que Jehová tu Dios hubiere escogido, tú, tu hijo, tu hija, tu siervo, tu sierva, y el levita que habita en tus poblaciones; te alegrarás delante de Jehová tu Dios de toda la obra de tus manos” (véase Deuteronomio 12:7, 12, 18). ¿Podía imaginarse, para un pueblo terrenal, servicio o culto más sublime que el que nos es presentado aquí? Mas estaba reservado para corazones en los cuales anidaba el amor a Dios y que, por lo tanto, apreciaban de modo peculiar la comunión con Él. El hermano mayor del hijo pródigo de la parábola (Lucas 15:29) no atribuía ningún valor al gozo de estar en comunión con su padre; quería regocijarse con sus amigos, sin la presencia del padre. Es lo que caracteriza prácticamente a la idolatría. Qué contraste con Isaías 26:8, donde leemos: “tu nombre y tu memoria son el deseo de nuestra alma”; y con Deuteronomio 18:6 que nos habla de un levita que viene “con todo el deseo de su alma al lugar que Jehová escogiere”.

 Resalta en los siguientes capítulos del Deuteronomio qué importancia reviste en la vida del pueblo el lugar escogido por Dios. No puede ser de otro modo. La vida del pueblo de Dios debe estar dominada por el hecho de que Dios habita en medio de ellos. Los cap. 14 y 15 nos hablan del comer de los diezmos y de los primerizos. En el cap. 16 encontramos el sacrificio de la pascua, la fiesta de las semanas y la solemnidad de las cabañas. El cap. 17 trata del arreglo de todos los litigios difíciles y el cap. 18 del servicio del levita. En el capítulo 26, el canastillo con los frutos de la tierra se lleva delante de Dios y en el cap. 31:11 se ordena que en cada año de jubileo (año de la remisión) se lea la ley delante de Israel. 

De la lectura de 1 Reyes 11:36 deducimos que el lugar tantas veces aludido en Deuteronomio era Jerusalén. El Salmo 78:68 nos enseña que Dios escogió el monte de Sion, al cual amó, para edificar allí su santuario, lugar vinculado con su siervo David (v. 70), figura de Jesús, hijo de David según la carne, quien habla en Mateo 18:20 del lugar relacionado con su nombre, donde Él quiere estar en medio de los suyos. 

Vemos en el Salmo 132:3-6 que David buscaba ya en su juventud el lugar en el cual Dios deseaba morara. Lo encontró primero en Efrata, donde Caleb halló su herencia (Josué 14) y los hijos de Coré –destinatarios del Salmo 84–caminos allanados en el desierto (Salmo 84:5), es decir, en sus corazones. Y si no lo encontramos primeramente allí, es decir, si no aceptamos con fe y entera dependencia las palabras de Dios acerca de este lugar, de tal modo que nuestro corazón lo conozca, no lo hallaremos nunca. 

Tan sólo por una humillante experiencia aprendió David a conocer el lugar que Dios habla escogido. En los cap. 21 y 22 de 1 Crónicas leemos que primeramente hubo de caer el juicio de Dios sobre su orgullo y sólo cuando hubo satisfecho el justo precio de la era de Omán, Dios le manifestó el sitio en el cual debía levantarse la casa del Señor. Siempre es un sacrificio prescindir de todo recurso natural y obrar únicamente según los pensamientos de Dios. Es de lamentar que tampoco Israel haya obedecido estos mandamientos del Señor. Tan pronto como hubieron fallecido los testigos oculares de las grandes hazañas de Dios, el pueblo se apartó rápidamente, yéndose tras los ídolos (Jueces 2:7-13). Y en Oseas 4:13 vemos que Dios se lamenta de que “sobre las cimas de los montes sacrificaron, e incensaron sobre los collados, debajo de las encinas y álamos y olmos que tuviesen buena sombra…”; precisamente lo que Dios había prohibido terminantemente en Deuteronomio.

Y hasta un hombre temeroso de Dios, como Salomón, incensaba sobre los montes hasta que Dios le dio “un corazón sabio y entendido” (1 Reyes 3). Sobre casi todos los reyes de Judá e Israel –por temerosos de Dios que hayan sido– el Señor tiene que lamentarse del mismo modo. Como siempre, queriendo plasmar lo suyo dentro de las cosas santas, el hombre echó a perder aquí también lo que Dios le había confiado.

  • a

    Véase su aplicación al Nuevo Testamento: Apocalipsis 21:3 y Efesios 3:21.

Después del cautiverio babilónico

Los libros de Esdras y Nehemías nos descubren una nueva época en la historia de Israel. Debido a la infidelidad del pueblo (apostasía que Ezequiel 8 refleja en toda su enormidad) la gloria del Dios de Israel había abandonado el monte de Sion. Hemos visto que Jerusalén era “el lugar que el Señor ha elegido para hacer morar allí su nombre”; en esta ciudad estaba “el trono de Jehová” (1 Crónicas 29:23). Sin embargo, ahora Dios tiene que llamarla “mujer adúltera” y “ramera” (Ezequiel 16:32, 35). Las diez tribus del reino de Israel habían sido llevadas cautivas a Asiria por Salmanasar, y ciento treinta y cuatro años después, el reino de Judá experimentó la misma suerte, siendo aniquilado por Nabucodonosor en la cautividad, mayormente en Babilonia. 

Mas Dios, en su infinita gracia, se acordó del residuo fiel y obró en el corazón de Ciro, rey de Persia, para que soltase a sus cautivos y el pueblo de Judá pudiera volver a Jerusalén tras un cautiverio de 70 años, conforme al vaticinio de Isaías, hecho unos 150 a 200 años antes (Isaías 45). Pero sólo una pequeña parte de Judá y de Benjamín aprovechó semejante oportunidad: según Esdras 2:64 sólo 42.360 almas regresaron con Zorobabel. 

Si reparamos en que hubo época en que Judá e Israel juntos tenían un ejército de 1.200.000 hombres (2 Crónicas 13:3), vemos cuán ínfima era la parte que regresó. La mayoría de los exiliados ya no tenía deseo del país entregado por Dios, ni de Jerusalén, donde se había alzado el templo; otros (como Daniel) eran retenidos por la posición que ocupaban. Mas Dios estaba con el pequeño residuo; los animaba y fortalecía, protegiéndoles de los enemigos y mostrándoles su apoyo y favor. 

No les restauró en la misma posición que Israel había ocupado antes. Dios no disimula ninguna infidelidad, ni restablece un estado que hombre haya perdido por su pecado de infidelidad. De la misma manera, Dios no restableció a Adán en el huerto de Edén; e incluso nosotros, los cristianos, a quienes nos ha sido imputado el valor de la obra de Cristo –obra que glorifica a Dios infinitamente más de lo que Adán y sus descendientes le deshonraron– ni siquiera nosotros somos nuevamente trasladados al paraíso terrenal, aunque nuestra posición es infinitamente más elevada y gloriosa. 

Aquel residuo debe carecer de la presencia visible del Señor; el trono de Jehová ya no está en Jerusalén. Un príncipe, Zorobabel, descendiente del real linaje de David, no sube al trono de su antepasado, sino que desempeña solamente el cargo de tirsatha, o sea gobernador designado por los soberanos persas. Dios ha retirado su gloria de Jerusalén y ha entregado el gobierno directo de la tierra a las naciones gentiles (véase Josué 3:11; 1 Crónicas 29:23; Daniel 2:38; Isaías 45:1). Dios reconoce los derechos soberanos de los imperios paganos y, en las profecías de Hageo y Zacarías, las indicaciones cronológicas se basan sobre los años del reinado de soberanos paganos. Dios obra a favor de su pueblo, no con la destrucción de sus dominadores, sino despertando en el corazón de estos reyes una buena disposición hacia los judíos.

Si el residuo hubiese hablado como hoy en día lo hacen muchos, ciertamente no habría regresado a Judá. Habían transcurrido más de mil años desde que Moisés diera a conocer los “estatutos y derechos” por cuyo medio Dios había establecido el único lugar de culto para las doce tribus y determinado las funciones sacerdotales vinculadas a ese sitio. 

Cinco largos siglos habían pasado desde que Salomón edificara el magnífico templo, siguiendo en todo, los pensamientos de Dios, tales como habían sido revelados a David. Jamás tuvo la incredulidad tantos motivos para excusarse por su desobediencia a la Palabra de Dios: después de mil años, cuando las circunstancias eran completamente distintas, ¿debíase obrar todavía según los mandamientos que Dios había dado en los libros de Moisés?

¡Hasta Dios mismo había abandonado a Jerusalén y había permitido que la ciudad y el templo fuesen quemados! Por otra parte, bendijo a los israelitas residentes en Babilonia y en otros países. Pensemos tan sólo en Daniel y sus tres compañeros, como así también en Ester y Mardoqueo. ¿Acaso no constituía una prueba de que los que permanecían en Babilonia seguían el buen camino? Y ahora ¡debían regresar a Palestina, tierra asolada y habitada en gran parte por enemigos; ¡a Jerusalén, donde no existía ninguna casa habitable, ningún altar para sacrificar, ningún templo para celebrar el culto y ninguna muralla para proteger de los enemigos y excluir o echar el mal! Restablecer el antiguo estado de cosas era del todo imposible. 

¿No era preciso tener en cuenta las lecciones de la Historia? Por cierto, durante siglos, ¡sólo dos tribus habían servido y adorado a Dios en Jerusalén! Y durante los 70 últimos años todo había cambiado y bajo el gobierno de Dios había surgido una situación radicalmente distinta. Ahora, pues, sólo regresaba un puñado de Judá y de Benjamín, con unos cuantos sacerdotes y levitas. ¿Era acaso tal reducido grupo el único en saberlo? ¿Habíase equivocado más del 90 % del pueblo, que no regresó, y entre el cual se contaban personajes como Daniel? 

Sin duda, muchos habrán pensado y hablado así. De otro modo, no puede explicarse que sólo unos 42.360 hombres (apenas el 5 % de todo el pueblo) hayan regresado a Jerusalén.

Pero la fe no se deja guiar por consideraciones, por razonables y justas que parezcan. No mira a las circunstancias; no juzga el rumbo de un camino según las consecuencias exteriores; no cuenta el número de hombres que hacen causa común con ella; no juzga los mandamientos divinos por la Historia, sino que enjuicia a ésta según la obediencia a las ordenanzas de Dios; sólo pregunta lo que dice la Palabra de Dios, sin contar con las demás cosas.

La Escritura había dicho que Palestina era la tierra de promisión y Jerusalén el lugar que Dios había escogido “para hacer habitar allí su nombre”; que allí estaba su casa, en la cual su pueblo podía allegarse a Él. Así, tan pronto como hubo oído el mensaje de Dios, fuese el residuo fiel a Jerusalén. Por cierto, que había grandes peligros por el camino; la hostilidad de los pueblos establecidos alrededor de Jerusalén era bastante grande. Pero no hicieron caso de ellos; ni siquiera son mencionados. Y ¡cuánto fervor mostraron después de su llegada! Ante todo, se examinó si podían todos demostrar su origen como israelitas y, eventualmente, como sacerdotes. En tiempos normales no hubiera sido necesario; entonces constaba con toda claridad quién era israelita, sacerdote o extranjero y no había necesidad de averiguar el origen de cada uno. Pero, en tiempos de confusión y decadencia espiritual, existe tal necesidad. En Babilonia, por ejemplo, un extranjero podía introducirse fácilmente en medio del pueblo de Dios; debido a su dispersión entre las naciones paganas y su lamentable mezcla con ellas, era factible que un extranjero se hiciera pasar por israelita y que un sacerdote judío no fuese de puro abolengo. No bastaba la afirmación de la persona en cuestión para demostrar su origen; en tiempos de ruina, aquel que aspira a un título debe justificar sus pretensiones. No es que Zorobabel discutiese sus afirmaciones; esto lo dejaba a Dios: “Conoce el Señor a los que son suyos…” (2Timoteo 2:19). Pero sólo sobre pruebas fehacientes podía tomar una decisión. Si más tarde se levantase sacerdote con Urim y Tumim (“luces” y “perfecciones”), entonces debíase fallar de modo definitivo acerca de sus pretensiones, según el conocimiento del Dios omnisciente (Esdras 2:63).

Pero, tan pronto constó con seguridad quién pertenecía al pueblo de Dios y quién podía ejercer el sacerdocio, lo primero fue reunirse para ofrecer culto. No hubo la menor duda en cuanto al lugar donde habían de congregarse: “se juntó el pueblo como un solo hombre en Jerusalén” (Esdras 3:1). No hubo divergencia de opiniones acerca de lo que debían hacer. Por cierto, las enseñanzas de la Palabra de Dios son de inestimable valor y en Nehemías 8:13 vemos cuán apreciadas eran por el residuo. Pero, lo primero que hace un pueblo redimido y restaurado por el Señor, es ofrecer sacrificios a Dios, alabarle y rendirle culto. No existía tampoco la menor duda en el pueblo acerca del lugar en el cual había de celebrarse dicho culto o servicio divino. Sólo había “un lugar” que el Señor había escogido “para hacer habitar allí su nombre”, y ése era Jerusalén; sólo había un altar en el cual sacrificar según la voluntad de Dios: el altar en la era de Ornán, en el atrio de la casa de Dios, el templo.

Es verdad que ya no había templo, pero las ruinas existían todavía; ya no quedaba altar, más aún permanecía el sitio que había ocupado. En aquel lugar volvieron a edificar el altar; y éste, levantado sobre el sitio del antiguo, lo llama Malaquías (cap. 1:12) el altar del Señor: “la Mesa de Jehová”. 

Allí, sobre el altar del Señor, en el atrio del templo en ruinas, ofrecieron holocaustos “como está escrito en la ley de Moisés, varón de Dios”. Allí celebraron la fiesta de los tabernáculos “como está escrito” y presentaron los sacrificios prescritos para dicha fiesta según las ordenanzas. ¿Hay acaso algo que predisponga más el corazón a obrar unicamente según la Palabra de Dios que el culto en el lugar escogido por Él en su casa, allí donde mora su nombre?

Luego, tan pronto como hubieron manifestado su obediencia en esto, Dios les da más luz y mayor solicitud: ya no pueden ver las ruinas del templo sin sentirse obligados a construirlo. Por cierto, el templo está asolado y no le puede ser restituida su antigua gloria. Los que habían contemplado el primer edificio, lloraron al echar los fundamentos del nuevo. ¿Podrían olvidar que ya no existía el arca del pacto con las tablas de la ley, ni la urna con el maná; que ya no estaba allí la cubierta del arca o propiciatorio sobre el cual el sumo sacerdote debía esparcir, cada año, la sangre en el gran día de las expiaciones (Levítico 16)? ¿Podían olvidar que tampoco quedaban los querubines, entre los cuales residía la gloria de Jehová, y que habían desaparecido también los Urim y Tumim? Por cierto, aquel puñadito de israelitas, sumamente pobre, no podía reedificar el templo con su primitiva magnificencia, tal como había sido edificado bajo el reinado de Salomón. 

Mas, por débiles que fuesen sus esfuerzos y por pobre y distinto del primer templo que pudiese parecer su edificio a los ojos de los hombres, a los de Dios era magnífico. Él miró los sentimientos de sus corazones, consideró la obediencia a su Palabra y esto fue agradable para Dios. Por lo tanto, les anima al advertirles que delante de sus ojos es el mismo templo que el construido por Salomón y que la gloria de esta casa debe ser mayor que la de la primera. El templo de Salomón, el templo de Zorobabel, el templo de Herodes, el templo del Milenio (Ezequiel cap. 40-43) es el mismo delante de sus ojos: ¡No hay más que una sola casa de Dios! “La gloria postrera de esta casa será mayor que la primera, ha dicho Jehová de los ejércitos” (Hageo 2:9). 

La gloria o apariencia puede variar según la época, mas Dios la considera siempre como la misma. 

No hay que imaginarse, sin embargo, que aquel residuo o remanente haya sido mejor que sus hermanos que permanecieron en Babilonia. Pertenecían al mismo pueblo que se había granjeado la ira de Dios. Cuando leemos en Esdras y Nehemías acerca de tantas flaquezas y tanto pecado, sólo podemos maravillarnos de que Dios no los destruyera por medio de juicio. Por boca del profeta Hageo, el Señor tuvo que lamentarse de que moraran en casas artesonadas y no pensaran en reedificar el templo. En cuatro capítulos, por lo menos, leemos que se habían mezclado con los pueblos paganos, en completa desobediencia a la Palabra de Dios (Esdras 9 y 10; Nehemías 9; 13:3, 23) y que hasta el sumo sacerdote Eliasib les había aventajado en ello. Vemos que los nobles oprimían a los pobres y hasta los vendían como esclavos. Tal vez su conducta práctica haya sido peor, en algunos casos, que la de muchos judíos que permanecieron en Babilonia o en Persia; pensemos tan sólo en Mardoqueo. 

No obstante, Dios los considera sólo como representantes de su pueblo; manda escribir su historia y obra en el corazón de los reyes para que les presten ayuda; les envía sus profetas y les da sus promesas. De los demás judíos sólo se habla en cuanto su suerte esté relacionada con el residuo, como, por ejemplo, en el libro de Ester, donde se trata de evitar la destrucción de la totalidad del pueblo y, por lo tanto, también del residuo. A pesar de sus flaquezas y de sus defectos, Dios descubre en ellos un principio de obediencia; así les vemos inquirir cuáles son los pensamientos del Señor –aun-que los olviden a veces– cómo habían de obrar y cómo podían servir a Dios según Sus designios. Éste era el principio según el cual obraban, y por este camino llegaron al único lugar de reunión que estaba en consonancia con Sus pensamientos, al lugar que el Señor había escogido “para hacer habitar allí su nombre”. Para todas las épocas vale el dicho de (1 Samuel 15:22): “El obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros”.