Introducción
A muchos cristianos les falta entendimiento con respecto a la vocación del creyente en esta tierra. Creen que todo está arreglado si un pecador se ha arrodillado ante Dios para confesar sus pecados y sabe que éstos le son perdonados por medio de la obra redentora del Señor Jesucristo.
En cuanto a la predicación del Evangelio, se atienen generalmente a la Palabra de Dios, considerando luego como cosa de menor importancia cuanto se refiere a la vida después de la conversión. No piensan que también para dicha vida la Biblia sigue siendo nuestra única norma de conducta. Como en todas las cosas, las Santas Escrituras, leídas con atención y cuidado, nos enseñan lo que conviene hacer.
En 1 Tesalonicenses 1:9 leemos: “…os convertisteis de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero”. Así que, en primer lugar, viene la conversión, pues al hombre natural (aquel que no ha experimentado el nuevo nacimiento) le es totalmente imposible servir a Dios (Romanos 3:10-12). Pero ¡luego sigue el servicio para Dios! No es, pues, la conversión el único propósito que Dios tiene para con el hombre, sino que es el medio indispensable para poder llegar a “servir al Dios vivo y verdadero”.
Asimismo, encontramos en la epístola a los Romanos que, tras los once primeros capítulos –en los que se nos indica detalladamente cómo un pecador puede allegarse a Dios– en el cap.12:1 leemos que nuestro racional o espiritual culto consiste en presentar nuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo y agradable a Dios, y tenemos a continuación, en el v.2, la amonestación de experimentar cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.
No habrá, por cierto, diversidad de opiniones sobre si la “voluntad de Dios” se encuentra únicamente en la “Palabra de Dios” y que, por consiguiente, hemos de escudriñar las Escrituras si queremos saber cómo servir según Su voluntad “al Dios vivo y verdadero”. Con razón exclama el Salmista: “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino”, reconociendo que “más que todos mis enseñadores he entendido, porque tus testimonios son mi meditación” (Salmo 119:105 y 99). Si pensamos servir al Señor, necesitamos saber primeramente cuál es el lugar en el cual han de reunirse los creyentes, pues allí estamos en común, en inmediata relación con Dios, sea para el culto (esto es: servicio de adoración) –la Mesa del Señor– donde le damos gracias por lo que Él ha obrado; sea para la oración, en la cual le pedimos todo cuanto necesitamos; sea para el servicio o ministerio de la Palabra, cuando Él viene a sus hijos para enseñarles. Y en todas estas reuniones Dios quiere estar en medio de los suyos (véase 1 Corintios 14:25 y Mateo 18:20). Por eso encontramos en la Biblia que las indicaciones en cuanto a las reuniones de los creyentes ocupan tan importante y destacado lugar, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Por ejemplo: ¡Cuántas veces se habla en el Éxodo y en el Levítico del tabernáculo del testimonio y del culto relacionado con el mismo! Y en el Nuevo Testamento encontramos que, a continuación de la epístola a los Romanos (magna exposición de la doctrina tocante a la salvación) tenemos las cartas a los Corintios, las que hablan de los principios fundamentales establecidos por Dios sobre la manera en que deben reunirse los creyentes. Resulta extraño, pues, que sobre ningún otro tema haya tanta diversidad de pareceres como sobre éste. Así, unos opinan que deben reunirse sólo con aquellos que piensan como ellos sobre una o varias partes de la verdad revelada, mientras que otros creen que deben hacerlo con aquellos que integran una iglesia nacional o del Estado. Un tercero pretenderá que debe quedarse donde ha sido convertido, mientras que un cuarto creyente opinará que debe congregarse allí donde recibe mayores bendiciones. ¿Se expresa la Palabra de Dios con tan poca claridad sobre este tema, o acaso no da instrucciones suficientemente precisas al respecto? Examinemos, pues, este asunto de tan trascendental importancia, recordando que “el obedecer es mejor que los sacrificios” (1 Samuel 15:22).
