1 Pedro
1 Pedro

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

Pedir en la tienda

Capítulo 4

Sobriedad, vigilancia y oración

El pecado, del cual el Señor tuvo que encargarse, ¡cuánto debió de haberle cansado! Ahora ha acabado con él por medio de la muerte. Asimismo el creyente debe acabar con las concupiscencias propias de los hombres.

Queridos amigos: ¿No nos basta haber perdido un tiempo precioso –antes de nuestra conversión– en un andar insensato hacia la muerte? Vivamos el resto de nuestro tiempo “conforme a la voluntad de Dios”. Sin duda nuestro nuevo comportamiento contrastará con el del mundo que nos rodea. Y este último se extrañará de que nos abstengamos de sus corrompidos placeres. Se hará presión sobre nosotros, nos harán bromas y tal vez injurias. ¿Por qué? Porque el mundo se sentirá condenado por nuestra separación, mientras espera ser condenado por el gran Juez (v. 5).

Precisamente la inminencia de ese juicio nos dicta nuestra conducta: sobriedad, vigilancia, oración y ferviente amor (cap. 1:22 final). Este se traduce de muchas maneras: buscando la restauración de nuestros hermanos (v. 8 final), practicando alegremente la hospitalidad y utilizando los dones de la multiforme gracia de Dios en provecho los unos de los otros. Así el Señor Jesús, quien está en el cielo, puede seguir glorificando a Dios en la tierra, mediante la vida de sus redimidos (v. 11; Juan 17:4, 11; 15:8).

Padecer como cristiano

En el cielo meditaremos, sin cansarnos, en los sufrimientos del Señor Jesús; serán el inagotable tema de nuestros cánticos. Pero la oportunidad de compartirlos habrá pasado. Sufrir con Cristo es una experiencia más profunda e intensa que la de sufrir por él. Tener parte en sus dolores, conocer la ingratitud, el desprecio, la contradicción, el insulto (v. 14) y la abierta oposición que él encontró, es conocerle a él mismo en todos los sentimientos que fueron suyos entonces. Un ferviente deseo de Pablo era el de

conocerle… y la participación de sus padecimientos
(Filipenses 3:10).

Pero existe una clase de aflicciones que Cristo no podía experimentar: las que padecemos por haber obrado mal. No escapamos a «las consecuencias de nuestras inconsecuencias». Un cristiano deshonesto cosechará, ante los tribunales humanos, lo que haya sembrado, y aquel que se haya entremetido en los asuntos de otro tal vez reciba su castigo de mano de este. Lo más triste, entonces, no son las miserias que atraemos sobre nosotros mismos, sino la deshonra echada sobre el nombre del Señor. Por el contrario, padecer como cristianos, es decir, como Cristo, equivale a glorificar a Dios en ese hermoso nombre (v. 16; Hechos 4:17, 21).