Capítulo 2
Sacerdocio santo y sacerdocio real
Un niño que llega al mundo, pronto debe ser alimentado. Por eso la Palabra de Dios, después de haber dado la vida (cap. 1:23), también provee lo necesario para mantenerla. Ella es el alimento completo del alma, “la leche espiritual” de la que Cristo es la sustancia. Si hemos gustado que el Señor es bueno, no podremos vivir sin ese divino alimento (Salmo 34:8).
Después de la simiente viva (y la esperanza viva del capítulo 1), aquí hallamos las piedras vivas. Son juntamente edificadas sobre Aquel que es “la principal piedra del ángulo” –preciosa tanto para Dios como para nosotros los que creemos (v. 7)– a fin de constituir una casa espiritual (Efesios 2:20-22). Tú también eres una de esas piedras, había dicho el Señor a Simón, hijo de Jonás (Mateo 16:18).
Pues bien, tales privilegios acarrean sus correspondientes responsabilidades. Si somos un sacerdocio santo, es para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios. Si somos un pueblo adquirido por Dios, es para anunciar sus virtudes (Isaías 43:21). Ya que hemos sido llamados “de las tinieblas a su luz admirable”, ¿podríamos albergar en nuestro espíritu los deseos carnales? Basta una mirada para atraerlos, y ellos “batallan contra el alma” (v. 11).
Sumisión a las autoridades – Ejemplo perfecto del Señor
El cristiano está invitado a respetar el orden establecido, no por “miedo al policía”, sino por el motivo más grande que pueda obrar en su corazón: el amor al Señor (v. 13; Juan 15:10). Somos únicamente esclavos de Dios (v. 16 final), es él quien nos dicta nuestra actitud para con todos. Es cierto que no todos los amos son “buenos y afables”; los hay “difíciles de soportar”. Nuestro testimonio tendrá más fuerza y relevancia ante los segundos que ante los primeros. La injusticia, el ultraje y todas las formas de aflicción dan al hijo de Dios ocasiones para glorificarle. En ese camino nos precedió El que fue el Varón de dolores.
Por supuesto que en la obra de la expiación Cristo no tuvo ni tendrá jamás compañeros o imitadores. “Él mismo” –y solo él– “llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero” (v. 24). En cambio, en su camino de justicia (por consiguiente de sufrimiento), es nuestro Modelo perfecto (1 Juan 2:6). La contradicción y la perversidad de los hombres no hacían más que poner de manifiesto Su paciencia, Su mansedumbre, Su humildad, Su sabiduría y Su entera confianza en Dios… huellas benditas en las que hemos de andar. Así cumpliremos el último mandato del Señor a Pedro: “Sígueme tú” (Juan 21:22).
