1 Pedro
1 Pedro

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 1

Privilegio de los elegidos de Dios

El Señor había dicho a su discípulo Pedro aun antes de que le negase: “Tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos” (Lucas 22:32). Es el servicio que el apóstol cumple en esta epístola. Nos recuerda nuestros incomparables privilegios: la salvación del alma (v. 9) y una herencia celestial al abrigo de toda eventualidad (v. 4). Dios la guarda para los herederos y guarda a estos para la herencia, por lo que ya tienen un sabor anticipado de ella: un “gozo inefable y glorioso”. Este halla su fuente en la esperanza viva que se tiene en una persona viva: Jesús resucitado (v. 3); en la fe (v. 5, 7); en el amor por Aquel a quien los redimidos aún no han visto, pero a quien sus corazones conocen bien (v. 8). Y cuanto más amemos al Señor, más nos daremos cuenta de que no le amamos lo suficiente.

Precisamente a causa del valor que Dios reconoce a la fe, se ocupa en purificarla en el crisol de la prueba. Pero se nos da una seguridad: Él lo hace solo “si es necesario” (v. 6).

Tales son, queridos amigos, las bienaventuradas realidades que nos conciernen, las que los profetas “inquirieron y diligentemente indagaron”(v. 10-11), y “en las cuales anhelan mirar los ángeles” (v. 12). Nosotros, los beneficiarios, ¿quisiéramos ser los únicos en no interesarnos en ellas?

Rescatados con su sangre para llevar una vida santa

La verdad, tal como el apóstol la expuso en la primera parte de este capítulo, tiene derechos y efectos sobre nosotros. Ella es ese cinto que consolida nuestro entendimiento y frena nuestra imaginación (v. 13; Efesios 6:14). Es a la verdad a la que debemos obedecer (v. 22). Nosotros, que anduvimos en otro tiempo entre “los hijos de desobediencia” (Colosenses 3:6-7), hemos llegado a ser “hijos obedientes” (v. 14); no solo se trata de la obediencia a sino también de Jesucristo (v. 2), es decir, conforme a la suya, motivada por el amor al Padre (Juan 8:29; 14:31).

Por otra parte, aquí todo está en contraste con el Antiguo Testamento. La plata, el oro, ni ninguna otra cosa nos puede rescatar (véase Éxodo 30:11-16; Números 31:50), sino la preciosa sangre de Cristo. No es, como para el israelita, el nacimiento natural lo que nos permite participar de los derechos y privilegios del pueblo de Dios. ¡Que nadie piense ser un hijo de Dios porque tiene padres cristianos! Somos regenerados por la incorruptible Palabra de Dios, la cual vive y permanece para siempre. La santidad requerida en toda nuestra conducta corresponde a nuestra nueva naturaleza; invocamos al Dios santo como Padre (v. 15-17). También es la consecuencia del valor con el cual Dios justiprecia el sacrificio del perfecto Cordero.