1 Tesalonicenses
1 Tesalonicenses

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 5

El día del Señor vendrá sobre los incrédulos

Si para los redimidos del Señor su venida significa la entrada en el gozo eterno, para los incrédulos es el comienzo de una “destrucción repentina” (v. 3; Lucas 17:26-30). ¡Bienaventurada esperanza para unos, total y terrible sorpresa para otros! Por desdicha, en la práctica la diferencia está lejos de ser tan nítida. Ciertos “hijos de luz” ocultan su lámpara “debajo del almud, o debajo de la cama” (Marcos 4:21). Duermen, y la somnolencia espiritual es un estado que se asemeja a la muerte. ¿A qué se debe? Generalmente a una falta de sobriedad. Embriagarse es hacer de los bienes de la tierra un uso que supera a lo que uno necesita (véase Lucas 12:45-46). Y cuando uno está adormecido en cuanto a los intereses celestiales y muy despierto en cuanto a los terrenales, ¿puede desear el retorno del Señor? Nosotros que somos del día, “no durmamos como los demás”, “como los otros que no tienen esperanza” (cap. 4:13), para que no seamos sorprendidos, nosotros también, por la llegada repentina de nuestro Señor. Volvamos a leer las serias palabras del Señor en 13:33 a 37. Y hagámonos a menudo esta pregunta: ¿Me gustaría que el Señor me encontrase haciendo lo que estoy haciendo, diciendo o pensando?

Exhortaciones – Deseo del apóstol

El final de la epístola nos enseña cuál debe ser nuestro comportamiento entre hermanos, con respecto a todos los hombres, en relación con Dios y en la Iglesia. En suma, toda nuestra vida está encuadrada en estas cortas exhortaciones. Si se trata de estar gozoso, debemos estalo siempre; si de orar, que sea sin cesar; si de dar gracias, que lo sea en todo. La fe nos permite agradecer al Señor aun por lo que puede parecernos enojoso. Orar sin cesar es permanecer en Su comunión, lo que será también nuestra protección contra el mal bajo todas sus formas (v. 22). El que nos rescató enteramente –espíritu, alma y cuerpo– también exige la santidad de todo nuestro ser (cap. 4:3). Las manchas del espíritu y del corazón, aunque invisibles, son tan temibles como las del cuerpo. Pidámosle al Señor, quien es fiel, que nos conserve sin reproche, conformes a él, para el instante de la gran cita. Ningún pensamiento es más apropiado para santificarnos que el del retorno del Señor Jesús (1 Juan 3:3). Esta inestimable promesa se halla mencionada al final de cada uno de los cinco capítulos de esta carta. No la perdamos de vista. Y hasta entonces, que

La gracia de nuestro Señor Jesucristo

sea con cada uno de nosotros.