1 Tesalonicenses
1 Tesalonicenses

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 3

Mantenerse firme en medio de las persecuciones

Dos veces Satanás impidió que Pablo volviera a Tesalónica (cap. 2:18). Dios permitió esa situación para que tanto los afectos del apóstol como la fidelidad de los tesalonicenses fueran manifestados. Entonces “el tentador” (v. 5), utilizando otra arma, había suscitado grandes tribulaciones contra ellos. Pablo les había advertido que esas pruebas no solo eran inevitables, sino que ellos estaban destinados a esto (v. 3; Juan 15:20; Juan 16:33). Por esa razón, ¿permanecía él indiferente? ¡De ninguna manera! Pero lo que más lo preocupaba no eran las tribulaciones de los tesalonicenses, sino que se mantuviesen firmes en la fe (v. 2, 5-7, 10). ¡Qué lección para nosotros que nos detenemos fácilmente ante circunstancias exteriores –como dificultades materiales, enfermedades, etc.– y perdemos de vista el estado interior del creyente! “No pudiendo soportarlo más” (v. 1, 5), el apóstol había encomendado a Timoteo que los fortaleciese y animase. Y él mismo había sido consolado y hasta regocijado en medio de su propia tribulación como consecuencia de las noticias recibidas. Porque lejos de quebrantar la fe de esos creyentes, muy jóvenes en ella, la prueba había fortalecido esta fe. Los climas más rudos generalmente forjan las razas más resistentes. Una vez más, Satanás había hecho una obra engañosa para sí, según Proverbios 11:18:

El inicuo adquiere para sí una ganancia engañosa (V. M.).

Santidad práctica, especialmente en el ámbito sexual

¡No son nuestras pruebas las que deben movernos a esperar al Señor, sino nuestro amor hacia él! Su ­venida “con todos sus santos” (v. 13) es el gran pensamiento que debe regir todo nuestro comportamiento. Somos “santos” ante Dios por medio de la perfecta obra de Cristo (Hebreos 10:10). Pero al mismo tiempo somos exhortados a afirmar nuestros corazones en la santidad práctica (cap. 3:13); ella es la expresa voluntad de Dios para cada uno de los suyos (cap. 4:3). Un creyente deberá cuidarse particularmente para permanecer puro (v. 4). Al considerar su cuerpo como un instrumento de placer, peca primeramente contra sí mismo: a veces arruina su salud, su conciencia siempre se verá afectada (ésta pierde su sensibilidad frente al mal y se desarregla como un cuentakilómetros que ha sido violentado).

También puede perjudicar grandemente a otra persona (v. 6; Hebreos 13:4). ¡Cuántas vidas arruinadas, espíritus y cuerpos mancillados al igual que hogares destrozados han pagado el precio de la vanidad de una conquista y el placer de unos momentos! Finalmente, la impureza, bajo todas sus formas, es un pecado contra Dios (Salmo 51:4). Nuestro cuerpo ya no nos pertenece, pues ha llegado a ser el templo del Espíritu que Dios nos dio (v. 8; 1 Corintios 6:18-20). El Espíritu Santo reclama una morada santa. Conservar nuestro cuerpo sin mancha (cap. 5:23) es honrar a Aquel que lo habita.