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Capítulo 3
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Creyentes carnales
En contraste con la descripción maravillosa que ha hecho del cristiano, el apóstol aprecia ahora en detalle el estado de aquellos a quienes escribe. Una cosa caracterizaba a los corintios: eran carnales. Esto no quiere decir que no fueran hijos de Dios. El hombre ajeno a los pensamientos de Dios no es llamado hombre carnal, sino hombre natural (cap. 2:14).
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Dios es quien da el crecimiento y quien juzga
El apóstol cita como ejemplo el carácter que Apolos y él tenían entre los corintios (v. 5-8). Eran siervos. En su campo, Dios les había confiado, a uno, el trabajo de plantar, al otro, el de regar, y la función de los dos concurría al mismo fin. Sólo Uno podía hacer prosperar esos trabajos; Apolos y Pablo no eran nada; era Dios quien daba el crecimiento.
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Dos clases de obreros
Los primeros edifican sobre el fundamento con oro, plata, piedras preciosas. Son aquellas doctrinas aportadas para la edificación de la casa de Dios, pero, al mismo tiempo, son aquellas personas formadas por estas doctrinas y añadidas al edificio por el ministerio de los obreros del Señor.
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La insensatez y la cordura
A continuación (v. 18-22), el apóstol vuelve a hablar sobre el peligro que corrían los corintios de exaltar la sabiduría de los hombres. Cita a Job 5:13 para mostrar que toda esta sabiduría no puede llegar más que a un resultado: Dios “prende a los sabios en la astucia de ellos”. La sabiduría es un lazo en el cual caen y donde Dios los confunde.
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¿Somos aún niños en Cristo?
Un pecador, en el momento que llega a conocer a Dios como Padre, por la conversión, es un niño en Cristo. Éste es su estado normal. Conoce al Padre y en adelante estará en relación con él; pero este niño debe crecer y desarrollarse. Los corintios, por el contrario, habían quedado estancados en un conocimiento elemental de Cristo. Pensaban, obraban, hablaban como niños.
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Un edificio que va creciendo
Después de haber presentado los caracteres de los siervos de Dios, Pablo dice: “Porque nosotros somos colaboradores de Dios, y vosotros sois labranza de Dios, edificio de Dios” (v. 9). Pone énfasis en la palabra “Dios”, pues todo depende de él. El apóstol pasa inmediatamente de la imagen de un campo a la de un edificio, a la casa de Dios.
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Una tercera categoría de obreros
Al final de este pasaje hallamos una tercera categoría de obreros
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