Las enseñanzas del tabernáculo
Las enseñanzas del tabernáculo

Representación de las cosas celestiales

A. Rossel - 1996

Pequeño folleto que da un resumen del tabernáculo.

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Las vestiduras del sumo sacerdote

Consideremos ahora las santas vestiduras del sumo sacerdote. Tenemos la descripción de ellas en Éxodo 28. Todas ellas estaban prescritas para el único sumo sacerdote “… para honra y hermosura” (v. 2 y 40). Esas vestiduras nos hablan exclusivamente del Señor Jesús, nuestro divino Aarón, el único que no puede fallar, “el sumo sacerdote de nuestra profesión” (Hebreos 3:1). Solo en él, pues, pensaremos al leer las líneas que siguen.

El efod

Encima de sus vestiduras, el sacerdote vestía un efod, en cuyas hombreras estaban fijadas dos piedras de ónice; sobre su pecho estaba firmemente adherido el pectoral de juicio. Debajo del efod se hallaba un manto de azul cuyo borde inferior estaba ornado de granadas y campanillas. La prenda más interior consistía en una túnica blanca de lino fino, y sobre la cabeza llevaba la tiara y la lámina de oro puro.

El efod, como el velo, estaba tejido de azul, púrpura, escarlata y lino fino, pero a todo ello se agre­gaba el oro: “Y batieron láminas de oro, y cortaron hilos para tejerlos entre el azul, la púrpura, el carmesí (o escarlata) y el lino, con labor primorosa” (Éxodo 39:3). Era un maravilloso símbolo de la gloria divina del Hijo. En los días de su carne, su gloria de Hijo de Dios estaba como velada: no había nada de oro cortado en hilos en el velo. Pero en su función de sumo sacerdote en el cielo, donde conserva todos los caracteres de los cuales estuvo revestido como hombre en la tierra, brilla sin velo la gloria divina, entremezclándose –por así decirlo– a la propia textura de sus demás caracteres. Dios, quien le da testimonio de que es “sacerdote para siempre”, declaró previamente: “Tú eres mi Hijo” (Hebreos 5:5-6).

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Las dos piedras de ónice

Firmemente fijados a las hombreras del efod, dos piedras de ónice tenían grabados los nombres de los hijos de Israel: seis en una piedra y seis en la otra, “conforme al orden de nacimiento de ellos”, es decir, como nacidos de Dios, todos iguales ante él, todos debiendo conducirse en la tierra como sus hijos.

El pectoral y las doce piedras preciosas

Sobre el corazón del sacerdote estaba fijado el pectoral. Como el efod, estaba hecho de oro, azul, púrpura, escarlata y lino fino torcido. Le guarnecían doce piedras, una por cada tribu, “según los nombres de los hijos de Israel”. Tal es, visto en el santuario, el pueblo de Dios que nuestro sacerdote lleva continuamente sobre su corazón. Las piedras no tenían el mismo color. Cada una tenía su propia naturaleza. Los rescatados no son todos semejantes, sino que están unidos en su diversidad. Ningún creyente por sí solo puede reflejar toda la gloria de Cristo. Todos deben estar reunidos para que Su belleza se vea reflejada en ellos. El pectoral no podía ser separado del efod. Cordones de oro y de azul –vínculos celestiales y divinos– dan a los creyentes una perfecta seguridad: nadie puede desprenderlos del corazón del Sacerdote.

El cinto del efod

El cinto ceñía al efod. De obra primorosa (Éxodo 28:8), subrayaba que el servicio de Cristo sería siempre perfectamente cumplido con la fuerza de los lomos ceñidos. Como otrora en la tierra, él no se cansa ni se fatiga de servir. Vive siempre para interceder por nosotros. Y cuando venga y halle a sus siervos velando y esperando a su Señor, él “se ceñirá, y hará que se sienten a la mesa, y vendrá a servirles” (Lucas 12:37).

El manto de azul

Cristo no es nuestro sacerdote en la tierra (Hebreos 8:4), sino en el cielo. Eso es lo que nos recuerda el manto de azul llevado bajo el efod. Todo en Su oficio nos atrae hacia el cielo, donde actualmente cumple Su servicio (Hebreos 9:24). Los bordes del manto estaban adornados alternativamente con granadas (de azul, púrpura y escarlata) y con campanillas de oro. Jesús, 

exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo
(Hechos 2:33), 

lo derramó sobre los testigos de su resurrección y elevación. Estos anunciaron la buena nueva de la salvación por gracia, lo que está representado por el sonido de las campanillas. Luego, en ese día, tres mil almas fueron salvadas. Es el fruto producido por el testimonio del Espíritu, fruto del cual las granadas son imagen. Desde la gloria, el Señor continúa haciendo oír su voz y aún produce frutos para alabanza de su gracia.

La túnica blanca de lino fino

La túnica y su cinto estaban bordados. El blanco inmaculado del lino era de la más fina calidad, inimitable, lo que nos hace ver la perfección y la pureza personales del Hombre Cristo Jesús. Estamos representados ante Dios por un hombre glorificado que goza de todo el agrado de Dios. “Porque tal sumo sacerdote nos convenía: santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos” (Hebreos 7:26), “tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Hebreos 4:15). Por eso su intercesión y su intervención por nosotros ante la majestad de Dios tienen el más grande valor.

La tiara y la lámina de oro

Sobre la tiara de lino fino había una lámina de oro puro, sujeta con un cordón de azul, en la que estaban grabadas las palabras: “Santidad a Jehová”. Los israelitas llevaban a Dios las ofrendas según Sus instrucciones. ¿Por qué, entonces, se nos habla de “las faltas cometidas en todas las cosas santas, que los hijos de Israel hubieren consagrado en todas sus santas ofrendas”? (Éxodo 28:38). Para comprenderlo pensemos en nuestras alabanzas, cánticos, oraciones y expresiones de adoración. ¡Cuán a menudo están mancillados por la debilidad, la flaqueza, la distracción, las expresiones incorrectas! ¡Cuánta dificultad tenemos también a veces para expresar lo que tenemos en el corazón! Es un precioso aliento pensar que nuestro sumo sacerdote sabe presentar esas ofrendas imperfectas de tal manera que sean aceptables ante Dios de continuo.

Llegamos al final de nuestro corto estudio de un tema infinito y de una elevación sin igual. Cómo no se sentirán impulsados nuestros corazones a prorrumpir en alabanza y adoración cuando contemplan por la fe la gloriosa Persona de nuestro 

gran sumo sacerdote… Jesús el Hijo de Dios
(Hebreos 4:14).

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Hermanos santos, participantes del llamamiento celestial, considerad al apóstol y sumo sacerdote de nuestra profesión, Cristo Jesús.
Hebreos 3:1

Este… tiene un sacerdocio inmutable; por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos.
Hebreos 7:24-25

Cristo, sumo sacerdote de los bienes venideros, por el más amplio y más perfecto tabernáculo, no hecho de manos, es decir, no de esta creación, y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención.
Hebreos 9:11-12

No entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios; y no para ofrecerse muchas veces, como entra el sumo sacerdote en el Lugar Santísimo cada año con sangre ajena. De otra manera le hubiera sido necesario padecer muchas veces desde el principio del mundo; pero ahora, en la consumación de los siglos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado. Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio, así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan. 
Hebreos 9:24-28