Prólogo
Dios quiere habitar entre los hombres y que los hombres habiten con él (2 Corintios 6:16; Apocalipsis 21:3).
Inicialmente, él habitó en medio de un pueblo terrenal –Israel– de una manera invisible, en la profunda oscuridad de un tabernáculo, el cual, sin embargo, daba un visible testimonio de su presencia a través de los objetos que contenía y de la nube que lo cubría.
Más tarde, Dios habitó en medio de ese pueblo en una forma humana, visible, en la Persona del Hijo eterno, Jesucristo. Pero, al ser menospreciado, rechazado y condenado a muerte en esa forma, ascendió al cielo con el poder de la resurrección.
Hoy habita en Espíritu en medio de un pueblo nuevo, celestial, la Iglesia, de forma invisible al ojo humano, pero perceptible para la fe de quienes lo componen. No obstante, el tabernáculo de antaño y los objetos que contenía constituyen, según Hebreos 8:5, “figura y sombra de las cosas celestiales”. De manera que, por medio de cosas precedentemente establecidas en la tierra, nos son reveladas aquellas que ahora lo están en los cielos.
Para facilitarnos la comprensión de ellas, un autor cristiano pintó una representación de las antiguas cosas visibles, ya desaparecidas desde hace mucho tiempo. Lo hizo sobre la base de las descripciones proporcionadas por la Biblia, plasmando las ilustraciones que contiene este folleto. El texto que las acompaña es también, parcialmente, del mismo autor.
El gozo y la gratificación espiritual que este último disfrutó durante su trabajo serán también suyos al profundizar en este tema.
Además, si los levitas tenían el cargo de llevar el altar, la fuente de bronce, los muebles y utensilios de los lugares santos durante las jornadas del desierto, nosotros tenemos un honor aún más grande: llevar a través de este mundo el testimonio de las riquezas ocultas en Aquel que fue despreciado y desechado entre los hombres, y por quien no se tuvo ninguna estima (Isaías 53:3).
