Capítulo 2
Un llamado al arrepentimiento
Jehová llama “su ejército” a esa nube de fieros asaltantes (v. 11, 25), aunque tenga a su cabeza al impío y soberbio asirio. De hecho, este último solo es el ejecutor de su Palabra, “la vara” de su furor (Isaías 10:5). Cuando pasamos por la disciplina, nunca perdamos de vista la fiel Mano que nos la dispensa. Ese fracaso, ese contratiempo, ese accidente viene del Señor. No nos asemejemos al niño que, con ingenuidad, cree evitarse la corrección escondiendo la vara con la cual aguarda ser golpeado. Uno se representa ese gigantesco asalto como algo que “no lo hubo jamás”. Desborda como una irresistible marea por encima del muro y hasta en las casas.
La misma invasión se llama en otro lugar “el turbión del azote”
(Isaías 28:15).
¡Ah!, esa visión de pesadilla ¿no está colocada de antemano delante del pueblo como un llamado a su conciencia? “Pues, ahora” es el tiempo para él –es tiempo para todos– de volver a Dios de todo corazón “con lloro y lamento… porque misericordioso es y clemente” (v. 12-13; léase Santiago 5:11). “Tocad trompeta en Sion” repite el profeta (v. 1, 15; véase Números 10:9); ¡es la imagen de la apremiante oración de la fe! Entonces, en la hora del peligro Jehová se acordará de los suyos.
El Espíritu derramado
“Convertíos a Jehová” invitaba el versículo 13. “¿Quién sabe si volverá… y dejará bendición tras de él?”. ¿Quién sabe? Por nuestra parte, sabemos bien que Dios nunca permanece insensible a las lágrimas y a las súplicas de los suyos. Lleno de compasión, enseguida multiplica sus promesas: destrucción definitiva de los enemigos del pueblo; abundancia de bienes materiales que compensan, y con mucho, las pérdidas sufridas (v. 25). Y la más preciosa de esas bendiciones que él deja “tras de él” es: su Espíritu, generosamente derramado sobre los hijos de Israel como testimonio para el mundo entero (v. 28). Ese tiempo todavía está por venir, porque Israel de ningún modo está preparado para recibir ese don. Pero el día de Pentecostés, Pedro se apoya en este pasaje para explicar a los judíos lo que acaba de acontecer (Hechos 2:17).
Todo aquel que invocare el nombre de Jehová será salvo :
afirma el versículo 32 citado en echos 2:21 y Romanos 10:13.
Invocar es llamar mediante la oración, y apelar a ese nombre, el de Jesús; es el único medio por el cual podemos ser salvos. En medio del peor infortunio Dios salvará –y salva ahora– a todo aquel que se vuelve a él. “Arrepentíos… y recibiréis el don del Espíritu Santo”. ¡Promesa valedera hoy, valedera para usted!
