Filemón
Filemón

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 1

Modelo de carta privada escrita con tacto

En los manuales escolares, en cada lección hay una parte teórica y otra práctica. La carta a Filemón nos hace pensar en ello. No contiene ninguna revelación particular, pero muestra cómo Pablo y sus compañeros ponían en práctica las exhortaciones contenidas en sus epístolas. “Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad…”, escribía Pablo a los colosenses (cap. 3:12; comp. Filemón 5 con Efesios 1:15).

Era precisamente en Colosas donde vivía Filemón, un hombre piadoso, amigo del apóstol y rico, ya que tenía esclavos. Uno de ellos, Onésimo, después de haber huido de la casa de su amo, había encontrado a Pablo, prisionero en Roma, y se había convertido. El apóstol lo devolvió a su amo y le encargó ese conmovedor mensaje. Esto era obrar en contra de lo que la ley ordenaba: “No entregarás a su señor el siervo que se huyere a ti de su amo. Morará contigo…” (Deuteronomio 23:15-16). La ley, en efecto, tenía en cuenta la dureza del corazón del hombre (véase Marcos 10:5). En cambio, la gracia en el apóstol tenía en cuenta que esa misma gracia obraría en el corazón de Filemón. Pablo conocía bien el amor de este por todos los santos (v. 5); tenía las pruebas de este amor: “Porque por ti, oh hermano, han sido confortados los corazones de los santos” (v. 7).

Lección concreta de amor en la verdad

Onésimo significa “útil”. Otrora esclavo inútil, desde entonces merecía su nombre (v. 11). Más aun, había llegado a ser un amado y fiel hermano (v. 16; Colosenses 4:9). Ningún nombre es más precioso que el de “hermano”; y conviene tanto al amo como al esclavo cristiano. Por su parte, Pablo no se vale de ningún otro título más que el de anciano y prisionero de Jesucristo (v. 9). Si hubiera pensado solo en sí mismo, no se habría privado de los servicios de Onésimo. Pero quería que a este le fuese dada la oportunidad de dar testimonio en la casa donde se había conducido mal en otros tiempos y a Filemón, de comprobar los frutos de esa conversión y de confirmar “el amor para con él” (2 Corintios 2:8).

Esta historia de Onésimo, en cierto sentido, es la nuestra. Éramos siervos rebeldes que seguíamos el camino de nuestra propia voluntad, pero fuimos devueltos a nuestro Señor; no para ser colocados bajo servidumbre, sino como aquellos a quienes llama sus hermanos amados (comp. v. 16; Juan 15:15). Aquí Pablo es la imagen del Señor que paga nuestra deuda e intercede por nosotros.

Ojalá esta epístola nos enseñe a introducir en nuestra vida diaria el cristianismo práctico: el olvido de sí mismo, la delicadeza, la humildad, la gracia… en una palabra, todas las múltiples manifestaciones del amor.