Mateo

Mateo 1

Capítulo 1

La genealogía de Jesucristo

El Señor Jesús es presentado en Mateo como el objeto de las promesas y de las profecías hechas al pueblo de Israel. Se cree que este evangelio fue escrito especialmente para los creyentes judíos, con el fin de fortalecer su fe en la persona de su Mesías, a quien el pueblo había rechazado. De ahí proceden las numerosas citas del Antiguo Testamento, las del profeta Isaías en particular, quien habló mucho de Cristo. La genealogía es, como el primer versículo lo indica, la de Jesucristo, Hijo de David, Hijo de Abraham, heredero de las promesas hechas a Abraham y del trono de David. Desde Abraham son tres series de catorce generaciones, llegando a José el marido de María, madre de Jesús. Esta es la genealogía oficial del Señor, la única válida para los judíos, porque era la genealogía de José, considerado entre los judíos como el padre de Jesús (véase Lucas 3:23). Las tres series de generaciones concuerdan con las tres grandes fases de la historia de Israel desde el llamamiento de Abraham:

1. desde Abraham hasta David (v. 2-6);

2. desde David hasta la deportación a Babilonia (v. 7-11);

3. desde la deportación a Babilonia hasta el nacimiento de Cristo (v. 12-16).

La venida de Cristo a su pueblo respondía a las promesas hechas mucho tiempo atrás; sin embargo, estaba en conformidad con la gracia de Dios para con su pueblo. Así, al nacer el Señor en este mundo, no podía surgir de una estirpe de hombres ilustres cuya vida estuviera exenta de mancillas, pues descendía a la tierra como Salvador de una raza perdida. Su gloria no provenía de sus padres según la carne, sino de lo que él era en sí mismo, aquel que vino del cielo para traer la gracia y la verdad. Está, pues, en relación con su pueblo sobre la base de la pura gracia divina. Ello se demuestra en esta genealogía gloriosa para el judío, orgulloso de ser descendiente de Abraham y de David, porque al lado de hombres que han dejado un feliz recuerdo, como Abraham, David, Ezequías, Josías, también vemos reyes impíos como Joram, Acaz y Manasés, nombres que traen tristes recuerdos a la memoria.

Además, ha parecido bien al Espíritu de Dios mencionar personas que sería fácil omitir en una genealogía oficial, si Dios no hubiera tenido motivos especiales para citarlas. Son cuatro mujeres, a cuya memoria se vinculan hechos humillantes en la historia de los antepasados. Tamar (v. 3), que recuerda la inmoralidad de Judá; Rahab (v. 5), una prostituta cananea que recibió y escondió a los espías enviados por Josué a Jericó; Rut (v. 5), cuya vida no tiene nada infamante, salvo que era moabita, pueblo del cual Jehová había dicho que jamás entrarían en la congregación de Israel. Luego, el nombre de la madre de Salomón (v. 6) trae a la memoria el grave pecado de David, quien hizo matar a Urías en la guerra para poder tomar a su mujer. Pero si estos nombres avergüenzan el corazón natural, que siempre busca motivos de gloria en el hombre, los pecados que ellos recuerdan resaltan la inmensa gracia del Dios que se ha ocupado de tales seres, dándoles un Salvador. No podemos contar aquí la historia de cada una de estas mujeres, aunque se vería una fe activa, porque allí donde la gracia de Dios actúa, también hay obras que son su consecuencia. Dios les otorgó, pues, el honor de figurar en la genealogía del Mesías. Cuán grande es la verdad que “cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia” (Romanos 5:20).

El nacimiento del Señor

La historia del nacimiento de Cristo, muy breve en este evangelio, es relatada de tal manera que se establece por las Escrituras del Antiguo Testamento que Jesús, desconocido y rechazado por su pueblo, era verdaderamente el Mesías prometido. El evangelista demuestra que el nacimiento tuvo lugar conforme a la profecía de Isaías 7:14: “He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel” (que traducido es: Dios con nosotros). Un ángel anuncia a José que no debe temer recibir a María por mujer, porque ella dará a luz un hijo, el cual, aunque siendo hijo de ella, sería de origen divino, como su nombre lo indica. El ángel agrega:

Llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.

Jesús significa: Jehová-Salvador. Este nombre afirma que Cristo es el verdadero Jehová, pero Jehová-Salvador, quien entró a este mundo naciendo como un hombre, con el fin de salvar a los pecadores de entre su pueblo y del mundo entero.

La persona del Señor Jesús es maravillosa e insondable. Es hombre y Dios a la vez. La unión de la humanidad con la deidad era imprescindible en su Persona para que nosotros tuviésemos un Salvador. Era preciso que el Señor Jesús fuese hombre para poder morir y que fuese Dios para triunfar sobre la muerte, resucitar y entrar en la gloria, abriendo así al creyente el camino que lo libera del juicio y lo conduce hasta la santa presencia de Dios. Por consiguiente, la unión de la deidad y de la humanidad de Cristo es un misterio insondable que solo Dios conoce y que constituye el objeto de nuestra adoración y alabanza, actualmente y por la eternidad. La gloria de la persona del Señor es tan insondable que él mismo declara: “Nadie conoce al Hijo, sino el Padre”. Sin embargo, también dice: “Ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar” (Mateo 11:27). Para los que aún no son salvos: ¡no continúen desconociendo a tal Salvador! Pues “¿cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande?” (Hebreos 2:3).